
Para FM
Lucas Maroni había pasado en tres minutos a ser un chico infeliz. Resulta tan sencillo devenir en ese estado cuando el padre ha muerto de un paro cardíaco a los 41 años, como avanzar por los pasillos del colegio y ser mirado por los demás con mayor respeto y simpatía. Ése es el chico de segundo al que se le murió el padre…. Y la fórmula suena como un talismán contra el maltrato, contra la cruel ignominia del que está en el colegio desde la salita de tres frente al nuevo, contra el desdén de las deliciosas muchachitas que aún no lo miran, por desgarbado, por demasiado infantil en sus comentarios o en sus movimientos de largos brazos, como crecidos el verano anterior. Y se siente que esconde una experiencia de la que no puede hablar sin llorar, por lo que prefiere distraerse con el torneo de fútbol, olvidando por un minuto que la ausencia será constante, mientras recita su número de documento a uno de los alumnos más grandes que le pide sus datos. A medida que pasa la mañana, ha dejado de pensar en el sillón de cuero en el que vio la muerte cara a cara llevarse a su padre, que lo mira ahora desde una fotografía que se sacaran en Puerto Madryn en las vacaciones de Julio. Ha dejado de ver a su madre hecha un guiñapo dolorido, como si no tuviera columna vertebral, llorar abrazada al féretro cerrado.
Son las once de la mañana y Segundo año tiene prueba de Literatura. La profesora es un ser infrecuente que logra dominar sólo con una mirada a 35 criaturas de 13 años, que sienten literalmente que se desvanecen cuando ella hace una advertencia, segura de sí misma desde su aparente fragilidad física, que termina siendo su mayor bastión, puesto que además, cuenta con una voz estentórea y un léxico abultado del que extrae frases y refranes que a ellos los hace dudar constantemente si es que habla en serio o vive una gran farsa con la que se divierte después.
Lucas Maroni ha tenido en el pasado un entredicho con la profesora de voz estentórea y ojos de lechuza. Y ella cortó con una frase lapidaria Yo con vos no discuto, vos acatás mis reglas. Sin embargo, ella pareció olvidarlo, pues no tomó represalias con la nota, no lo trató con indiferencia, no dejó de explicarle cuando él, respetando acaso un mandato de preguntar todo lo que no entendiera, levantaba su mano para inquirirla sobre lo que ésta estaba por explicar apenas Lucas Maroni la dejara hablar.
Cuando entró, y una vez obedecida en silencio la orden Tomen asiento que la profesora de léxico abultado decía una y otra vez al entrar al salón y dar los Buenos Días, Lucas Maroni se incorporó pesadamente de su banco y le preguntó si podía hacer la prueba el lunes siguiente. Ella lo miró con una ternura de la que jamás en toda su vida Lucas Maroni lograría olvidarse, y le propuso hacerla de todos modos, en cuyo caso, la corregiría solamente si estaba aprobada.
Lucas Maroni se sintió confundido. Entendía que la confianza que ella estaba teniendo en él no correspondía a las miradas indulgentes, al liberado arbitrio que otros ponían en su estancia en el colegio, a las horas que podían contarse con dos dígitos en que su padre estaba enterrado y él vivo.
Y Lucas Maroni se sentó en su pupitre, al lado de Manuela Miralles, y comenzó a subrayar las características de la novela gótica que estaban equivocadas, a escribir los números de lecciones que da el maestro en la novela de formación, a desarrollar la historia de un personaje a elección de las tres novelas vistas. Y entregó primero.
Todo el día sintió una especie de presagio, una lucidez nacida de su dolor y de su férrea fuerza de voluntad.
Cuando la profesora de ojos de lechuza corrigió en la soledad de su casa la prueba de Lucas Maroni, entendió que había hecho las cosas bien ese día, porque el 9,65 que colocó en rojo, arriba de su sello y su firma, se fue borrando de su visión a medida que se le empañaban los anteojos de ver de cerca.....