19 de marzo de 2011

TERCER OBSTÁCULO


Mi vida de reciente separada de hecho por tercera vez, no es fácil. Mejor dicho, es un sinuoso laberinto en el que dioses idiotas me ponen a prueba una y otra vez.
Ellos creen que con eso comprenderé que debo volver a la normalidad de maridos y sí, mi amor, pero como son idiotas, no se han investido aún de la idea de que, narradas después, esas anécdotas me llenan de orgullo y hacen que las veladas en mi casa sean más entretenidas que las noches en el Di Tella en los 60.
Paso por alto la pinchadura de goma y la pérdida de las llaves del auto del primer sábado en que fui sola a Buenos Aires, perturbada por la idea de extraviarme en Gregorio de la Ferrère o Garín, nombres éstos que me llenan de un mudo espanto de navajas y pistolas recortadas.
A las diez y media de la mañana salí de mi casa, una vez arregladas todas las nimiedades domésticas que me retenían. Me detuve en la estación de Servicio, cargué gas, compré cigarrilos, Beldent negros, agua saborizada, me tomé un Ibupirac Migra por las dudas me doliera la cabeza y fuera una migraña como para autodecapitarse. También cargué nafta, miré el aceite, el agua, inflé las gomas, y, convencida de que este tipo de rituales me protegerían de toda calamidad, tomé la Ruta Panamericana.
Puse la radio, cuya única estación que se deja percibir como en un murmullo casi comprensible, es la 98.3, y conformándome medianamente con Carmela Bárbaro y su esposo Gerardo Rossin, observé que a la altura de Maschwitz había una conglomeración monstruosa de automóviles y de camiones enormes cuyo paso era lento y pesado como el de una fila interminable de Tiranosaurios Rex.
Hacía calor, y yo me había puesto botas, ya que desde el último día fresco que hubo, mi mente cerrada no comprendió que podrían volver los ardores estivales. De todos modos, tenía prendido el aire acondicionado, por lo que casi no me preocupé y encendí el primer cigarrillo de una serie ininterrumpida.
Fue una hora y media de Monte Calvario con todas sus estaciones, avanzando en primera casi veinte kilómetros, con camiones que transportaban diez automóviles y gente estúpidamente amable que los dejaba pasar en un embudo que nos transportaría seguramente a la muerte súbita con la cabeza aplastada contra el volante si no se abría el tránsito por algún lado.
El caso es que de golpe, ya casi con las carótidas reventadas; por el calor, por la ansiedad y por los tumultuosos pensamientos que estas eventualidades me acarrean, escuché que los gritos de Carmela Bárbaro en la radio cesaban , y que ese sonido era reemplazado por un deficiente tic tic tic del guiñe, además del apagado completo de las luces de posición y las luces bajas que siempre llevo sacramente casi.
En ocasiones tensas, suelo hablar sola, por lo que le dije a Claudia:
- No me vas a decir que se te cagó la parte eléctrica, por dios-
No solamente no me contesté, sino que vi, casi en una pesadilla buñuelesca, que nos desviaban hacia la Colectora Oeste, de manera que debería seguir a los autos porque no tengo la costumbre sana de orientarme, y todas esas zonas las paso por la Panamericana, jamás por sus rincones oscuros llenos de alimañas o de gente de avería.
- Ay,Dios bendito, ¿Dónde mierda vamos ahora?- pregunté otra vez hablando en voz alta, y sin recibir más contestación que el ruido defectuoso del guiñe, que se nota que quería aconsejarme que incendiara el auto y empeñara mis joyas para comprarme un Okm.
Ya tranquilizada después de seguir como un monje benedictino a un Tilda rojo patente HLI 233 que aparentemente tenía mi mismo derrotero, prendí el cigarrillo número cinco y retomé la Panamericana, dispuesta a entrar en la primera estación de Servicio porque se me estaba por abrir la vejiga como un odre demasiado cargado. Ya había desestimado la idea de que la parte eléctrica estuviera averiada, porque la voz espeluznante de Carmela Bárbaro había retornado a la radio.
Una vez recuperado el aliento después de desagotarme como un caballo de carrera, me coloqué al volante y di marcha a mi auto, acción ésta de completa inutilidad puesto que hacía un ruido de fuelle desinflado y quedaba como muerto. Volví a decirme:
- Algo había, ¿Te das cuenta? ¡¡Algo había!! ¡¡Lo que me faltaba, la concha de la lora (sic)
Intenté buscar ayuda que tuviera una fundamentación lógica, y no hallé más que llamar al Seguro, que me pedía con voz amable que mandara un Sms al 70033 con la palabra SOS espacio y la patente, y que se comunicarían conmigo a la brevedad.
Lo hice sin anteojos y con las manos temblando, con la izquierda sosteniendo, además del teléfono, la tarjeta del seguro y los cigarrillos, por lo que resultaba absolutamente estúpida mi operación. Busqué los anteojos, y recibí la contestación rápida por llamada de celular de una amable señorita a quien yo no le escuchaba completamente sus enunciados, por lo que comenzaba a impacientarse y, casi diría, a maltratarme con repeticiones obsesivas de las instrucciones.
Comprendí, y así lo hice, que debía esperar el auxilio mecánico que en 35 minutos llegaría a salvarme.
Salvo que no tardó 35 minutos, sino una hora y media, en la que tuve que soportar la mirada libidinosa de un joven feto que cumplía faenas de Seguridad en la Estación de Servicio.
Al cabo de ésta, se apersonó ante mí el Correcto Señor Resfriado, un excelente profesional que detuvo su camioneta, me cargó la batería y me aconsejó que comprara otra en ese mismo instante y a sí mismo, quien como un mercader de Damasco llevaba en sus alforjas una flamante batería Moura que cambió con la celeridad de un hábil punguista y me sacudió quinientos diecisiete pesos, ya que la otra estaba en corto.
El Correcto Señor Resfriado había sido buen mozo en la juventud, se notaba a las claras. Pero las vueltas de la vida lo habían convertido en un hombre sin los cuatro dientes de adelante, sumado a lo cual lo acompañaba una nariz demasiado respingada, que mostraba mucosidades grises, no sé si añejas y consuetudinarias o recientes molestas que no habían logrado llamar su atención como para sonárselas con un pañuelo, aunque fuera una carilina.
Antes de retirarse de mi vida para siempre, el Correcto Señor Resfriado me alertó :
- Véale el aldernador, Señoda, borgue va a bonerle la badería dueva en gordo odra vez-
Le agradecí con una reverencia, y salí disparada hacia mi casa, lugar de donde nunca tendría que haber salido.

23 de diciembre de 2010

JUAN

( a Mariela de la Puebla, que me regaló este relato)


A Juan le tocaba siempre la peor parte de las navidades en este hemisferio, donde vestirse de paño rojo con piel blanca y gorro resulta de una insensatez masoquista.
Pero él siempre había sido el mejor tío que tuviéramos, en quien la bonhomía y el sentido del sacrificio por el otro, era corriente.
Parecía que Juan había nacido para meterse con nosotros a la pileta a bucear anillos, para llevarnos en plena siesta a comprar helados, para apilar solo las sillas antes de irnos de la quinta de Tortuguitas, para buscar los utensilios que las mujeres habían olvidado al poner la mesa.
A cada cosa que se le pedía, contestaba con un ¡Por favor, no faltaba más! y allá iba Juan a recoger tenedores, paneras o sacacorchos.
Era el marido de mi tía Mona, prima de las Arias Guevara, con quienes nos juntábamos en Tortuguitas antes de que murieran los abuelos.
Nos reuníamos varias familias allí y lo mejor para nosotros, que éramos muy chicos, era que nos quedábamos a dormir , aprovechando que al otro día sobraba tanta comida que hubiera sido posible alimentar a un asilo de niños expósitos.
Mi tía Mona fue agriando su carácter al no haber logrado tener hijos, en tanto que a Juan se le fue dulcificando, al punto de cultivar una paciencia de cartujo con los niños de la casa, que en aquel momento éramos casi quince menores que iban de los dos años a los once.
Naturalmente que los más chicos creíamos en Papá Noel, y aunque los mayores ya conocían el dato de su inexistencia y su reemplazo por la generosidad de padres y tíos, también ellos esperaban el rito de ver, a las doce, aparecer por el tejado la figura enormemente roja de quien, todos los años, con una bolsa monumental, iba tirando hacia el césped los regalos envueltos en papeles de colores.
Esa nochebuena hacía un calor que nos hacía delirar.
Después del brindis, salimos todos hacia el parque, abriendo los ventanales que se habían cerrado con cortinas, corriendo desaforadamente y mirando hacia el tejado, desde donde aparecería Papá Noel con su generosa bolsa.
Nunca se nos ocurrió pensar por qué razón, ni Juan ni mi tía Mona brindaban con nosotros, pero estábamos tan excitados, éramos tan felices de encontrarnos, gritar todos juntos, hacer chistes subidos de tono, o escuchar a los personajes más divertidos de la casa, que la acritud de la tía Mona no hacía falta, y la bondad de Juan, tampoco.
Seguramente habrían brindado cada uno con sus características, que no eran las que sobresalían en esos momentos de reconciliación con el mundo.
Cada adulto, en la espera, iba descargando frases que nos enardecían más aún ¡Me parece que vi un cuerno de reno! ¿ No era ése, che? Para mí que no viene……
De pronto, lo divisamos, como una estrella roja recortada en el cielo, iluminado por los fuegos artificiales y las cañitas voladoras de los vecinos.
Sonreía con candor, y extendía una mano saludando como las Reinas de belleza, despaciosa y elegantemente. Cargaba su bolsa sobre el hombro derecho, y cuando fue a voltearla por encima del cuello para repartir los regalos que estábamos esperando con fruición, se resbaló, y por un minuto, desapareció.
Durante un segundo todos quedaron estupefactos, y creo que fue mi tía Mona la primera que largó un aullido de terror:
-¡ JUAAAAAN!- que fue coreado por todos los mayores, con otras alternativas más plausibles:
- ¡ Subite, Quitito, fijate qué le pasó!
- ¡Se ha roto la crisma!
- ¡ Le dije, le dije!
- ¡ Bueno, hay que ir a buscarlo! ¿ No hay una escalera?
- ¡Lleven una linterna, mirá si está desmayado!

Nuestros regalos quedaron en la bolsa de Juan, quien sólo tenía unos raspones y si bien es cierto que entre los chicos nos miramos entre nosotros, alelados con la noticia de la inexistencia de Papá Noel, es honesto decir que, mientras le ponían hielo en las costillas, sentimos que lo queríamos mucho más que antes.

19 de diciembre de 2010

PODRÍAS SER EMILY





En algún momento, lo sabés.

No se trata, por supuesto, de un saber canonizado ni auténtico. Es un saber a gatas, que pareciera destellar en el fondo de tu cerebro, haciendo de él un andrajo triste, pero lúcido. Luego retorna a ser el que era, porque el saber se ha marchado.
Pero vuelve y vuelve…. Y ahora lo que te produce es una angustia atroz.
Angustia por música, por historia del arte, por nombres de calles, por fotos viejas, donde aparecés joven y sin canas, más gorda o más flaca, menos dura, menos mágica, menos cosa de chicos.
No sabés bien qué elegir…. Si el saber que te alberga fantasmas posibles, temidos, monstruosos o deformados; o la angustia que te lleva a los cantos de sirenas, que también son seres monstruosos que te devoran.
Entonces te quedás inmóvil y blanca, como la muerte ajedrecista, cara de sueca, cara de mirar las nubes, pero sin soñar, sólo mirándolas, como un idiota al que lo aturden los ruidos de la calle.
Sin embargo áspirás al movimiento, a la semana trajinada. Nada peor que la quietud cuando hay vacaciones, o navidades, o fin de año o Reyes. Ves cómo todo el mundo comparte sus horarios para comprar regalos o adornos para el árbol, y lo peor es que alguna vez también vos lo hiciste, por lo que añorás.
Y, además de la angustia del saber que te paraliza, tenés nostalgia.
Nostalgia que es lo mismo que la nada. Se duele por algo que ya pasó, que no regresará, que nunca más tendrá la contundencia del suceso, como aquel vestido rojo de seda, aquel cenicero en forma de paloma color verde, aquel CD con dúos, aquel ventilador comprado cuando se cortó la luz.
Saber, angustia, nostalgia…..
Fracaso, muerte, dolor….
Sabés, además, o intuís, o preferís pensar, que esto va a pasar.
Como las heridas en tus rodillas de chica torpe en la Calle Colón. Me aguanto ahora, total después lo voy a contar como algo que ya pasó….. Ilusa, chica torpe ilusa, tenés todas las rodillas llenas de agujeros, con tierra y pedregullo.
Como tus impulsos. Hacé lo que te dicte el corazón. Aunque sea analfabeto, chica tonta ilusa, miradora de nubes en viajes largos, contadora de kilómetros cada diez cuadras.
Como tus dolores. Analgésicos, analgésicos, analgésicos. ¿qué me va a pasar? Pobre chica necia, creyente aún en la suerte, omnipotente y boba, instalada en el lugar exacto donde morirse es como si tomaras agua, tomaras un colectivo o compraras cigarrillos.
Esto no va a pasar, porque ahora sabés.

Sabés que está el cuarto con la biblioteca ,con libros y floreros, con divanes blancos y muchos vidrios que dan a la ciudad. Sabés que tenés que quedarte ahí, no asomarte, porque te vas a asustar. Muchísimo te vas a asustar del precipicio que te espera. No te asomes.
Quedate allí, sentate, sacá un libro.
Podría ser Cervantes, podría ser Cortázar, podría ser Stevenson o Chesterton. Podría ser Borges. Podrías ser Emily Dickinson, podrías ser las Brönté, podrías ser Virginia Woolf.
Podrías ser quien querés ser, pese al saber que te acorrala, que te empuja a subir, que te salva, que te abraza antes de que te asomes y, sin ver los libros, te tires al precipicio.

26 de septiembre de 2010

CUIDADO CON SANTCHUCK


El Señor Santchuck era un santurrón. Tenía un cráneo cuadrangular con unos pocos pelos entrecanos, más negros que blancos, pero que bailaban macabramente en su cabeza como si, desde que hubiese nacido, no hubiese tenido que acudir a los servicios de un coiffeur; unas cejas de Júpiter Tonante y una mirada endulzadamente torva.
Nada bueno se podía esperar de esa mirada de hurón que escudriñaba a todos, pretendiendo absorber los secretos y las debilidades de los otros, de modo de conservarlos en su haber, que a mí se me antojaba como una hucha, similar a la del viejo de la bolsa.
Pretendía, además, poseer esos secretos que nadie le había contado. para largarlos en plena conversación, por más que ésta fuese amigable, de manera que el interlocutor quedaba delante de él y del resto, como si se hubiera olvidado de ponerse ropa interior y se le vieran las vergüenzas.
Era un Tartufo, puesto que muchas buenas gentes le creían, y sólo hacía falta tener muy buena memoria para traer al presente la cantidad de jugarretas e impostaciones que hacía, estableciendo una prudente pausa entre ellas, y alternándolas con ciertas buenas acciones que provenían de su paso por un convento jesuita, lo cual, para algunas opiniones, justificaban su maldad intrínseca, y para otras, morigeraba y aún hasta ponía en duda su mala intención constante.
Todos sus comentarios con mujeres se dedicaban a su edad, su estado civil o su estado físico. Y si bien algunas reían y festejaban sus propios holocaustos sin saber de qué se trataba la diversión, otras le contestaban de un modo destemplado, mandándolo a la mierda o preguntándole, casi inocentemente:
- ¿ Qué querés decir con esa boludez, querido?-
Esas mujeres eran quienes más irritaban a Santchuck, por lo que entrecerraba sus ojitos con inquina y se juraba a sí mismo una venganza aleccionadora a las contestatarias, ya que era imposible que él hiciera lo que dictara su corazón, que hubiera sido, sin más trámite, pegarles un tiro en la frente.
De modo que el Señor Santchuk se vengaba en los hijos varones de las contestatarias, o en quienes aquellas habían depositado su amor y su confianza, o en aquellos de los que hablaban elogiosamente.
La venganza consistía, siempre, en ejercer un poder aplastante sobre los chiquilines, seres etéreos a los que apenas se les había cubierto el bozo graciosamente, o quienes quebraban su voz en una masculinidad recientemente adquirida.
El poder podía consistir en alabarlos desmedidamente de modo que ellos equivocaran su rumbo y creyeran en sus tartufadas, o en llevarlos al límite de su tolerancia, hasta estallar y quedar hechos un guiñapo sollozante frente a la injusticia de la palabra definitiva.
Porque el Señor Santchuk, las contestatarias, las que se reían de sus propias miserias; trabajaban con seres indefensos.
Seres que podían esgrimir defensas aplastantes frente a sus abusos, pero que en sus naturales desorientaciones, no lograban articular como si fuesen adultos, porque por otra parte, las maldades de Santchuck no consistían en otra cosa que un comentario, una palmada cuando no se necesitaba, un consejo que nadie había pedido, un sermón que aburría y exasperaba, haciendo uso de la ironía y la generalización, de modo que todo el mundo, mujeres y varones, quedaran incluidos en él.
Por lo tanto, sacadas del contexto en que se habían lanzado, estas intervenciones parecían anodinas, si no fuera que todos sabían en qué sentido las estaba exponiendo.
¿ De qué otro modo se puede entender que a un muchacho que no quiere abrir su corazón, le asegure que tiene un gran secreto que, a lo mejor, tiene ganas de contárselo a él, mientras el muchacho se siente descubierto en algo que, naturalmente, oculta?
¿ De qué otro modo se puede entender que a otro que tiene reacciones explosivas históricamente, lo punce de tal modo que lo haga romper una puerta de una patada y se lleve una sanción disciplinaria?
No sé hoy qué es de la vida del Señor Santchuk. Afortunadamente, pues los hombres justos lo enviaron a otros destinos, cansados ya de sus impúdicos abusos.
Pero hay que mantenerse alertas para que no aparezcan los Santchuks que amilanan, que zahieren, que aprovechan para su regodeo obsceno las vulnerabilidades de los lúcidos.
Hay que cuidarse de los Santchuks que no tienen el corazón justo y cuyas palabras son alfanjes poderosos cortadores de cabezas que nacen de la negrura de sus almas mezquinas.

15 de agosto de 2010

AL MAESTRO, CON CARIÑO (ROBERTO PABLO BARNABÉ)


Al destino le gustan las casualidades que llueven como si uno no hubiese hecho nada por merecerlas.
Creo firmemente en los destinos personales a los que uno va arribando mientras arma un rompecabezas de diez mil piezas, y cuyo último pedazo se coloca con un fervor único y personalísimo, el día en que la muerte nos saca de la lista del personal disponible.
Pero también creo en esos golpes de dados que dan tres veces generala servida de ases, sin estar cargados, sin cubiletes tramposos, y sin una fortuna especial para el juego.
Espero que se note que he citado subrepticiamente a Borges y a Mallarmé, porque lo hice completamente adrede.
Hay algo de influencias notables en esta nota, hay algo de miradas redondas desde abajo que idealizan y prometen sin saberlo:
“ Quiero ser como vos”
En mi estado de este inefable facebook, escribí: "Nada, che... ni una puta palabra", refiriéndome a que no he podido escribir sólo comentarios más o menos ingeniosos en algún enlace, de modo de recibir un satisfactorio "Me gusta" o una bienaventurada carcajada transcripta, como si una carcajada se pudiera representar con otra cosa que no fuera un sonido.
En este estado de cosas, recibí un cartelito celeste que titilando me auguraba que el hijo de Roberto Pablo Barnabé había comentado algo en un grupo llamado "Yo también fui a la Escuela Normal de Azul", o algo así, que en este afán de retorno que me lleva una y otra vez al territorio benéfico de la infancia, he ido abrevando, de tal modo que tengo amigos azuleños que no he visto nunca y que serán, además, etiquetados con emoción en esta nota.
Pablo, de quien me acuerdo perfectamente porque ambos vivíamos en la Calle Colón, se emocionó acerca de un comentario que yo hubiera puesto hacía dos o tres meses atrás recordando a su padre, quien en los años en que yo iba a esa escuela, era el Regente.
¿ Qué es ser Regente de una escuela?
¿Qué es ser maestro?
Acá comienzan a armarse las piezas del rompecabezas que me tiene con cinco ibupirac migra en el día y con una noche rarísima, en que no recuerdo el instante en que me dormí.
La última nota que escribí fue acerca del film de Sidney Poitiers "Al maestro, con cariño".
¿Cómo es posible que aquello fuera lo último que hubiera escrito, y hoy, a un día del aniversario de su muerte, se me aparezca de golpe, como entrando en el aula, como ese torbellino que recuerdo, el “Señor Barnabé”?
Tercera o cuarta pieza colocada, justo allí, donde se vislumbran ojos, una boca que se abre y dice, una mano en un picaporte intempestivamente, para provocar un temor que nadie sentía enteramente….
Van colocándose solas las piezas y rememoro….
Yo era una chica inteligente y curiosa. No era maliciosa pero tampoco tenía una gran inocencia. Tenía, sí, una gran perspicacia para captar a las buenas gentes, lo cual, afortunadamente me ha acompañado a lo largo de la vida, y desafortunadamente no me ha aligerado la existencia lo contrario.
Es que a mí el Señor Barnabé me producía una enorme alegría, con ese porte pequeño pero robusto, trajeado impecablemente, con el pelo peinado para atrás supongo hoy, con gomina, desde los cuarenta años que lo alejan de mi visión borrosa.
En aquellos años, en los que esa visión no se deshacía por el tiempo ni la emoción, yo creía que era pelado, como lo creía de mi padre. Tiempo después, al ver fotografías en las que éste luce con menos años que yo hoy, casi como un hermano menor, observo que sencillamente tenía las llamadas vulgarmente “entradas”.
Vaya a saber uno cómo lo recordarán los hijos cuando tengan cincuenta años…..
El caso es que las piezas siguen acomodándose solas y aparecen las tardes de lluvia en la escuela, en que el Señor Bernabé entraba al aula y nos enseñaba la diferencia entre la pronunciación entre la B y la V, la regla de las esdrújulas, que aún hoy recito a mis chicos, y que aún hoy arranca risas:
“En el tiempo de los apostoles, los hombres eran barbaros, se subían a los arboles y se comían los pajaros”, la diferencia sutil entre ser cortés y ser obsequioso, la marcha de San Lorenzo, la dedicación que ponía para corregir, como si se tratase de vida o muerte:
- ¿Cómo “jurando a Martes”? ¿Ustedes le juran al tercer día de la semana”?- con una reducción al absurdo sacada de su ingenio para mostrarnos que la canción de la Bandera se pronunciaba: “Jurando amarte”, y, siempre con una sonrisa bailándole en los ojos o, inclusive, el trato que debíamos guardar las señoritas frente a los varones, nunca jamás como sumisas estúpidas, sino como dignas damas a las que aquellos sólo podían aspirar.
El Señor Bernabé enseñaba matemática, literatura, historia, geografía, arte, juegos, como quien enseña a caminar a un niño de pocos años.
Todo surgía de sí con una autenticidad que mezclaba la autoridad natural que poseía con un humor divertidísimo, por que sabía que la infancia es el instante justo en el que los hombres logran ser mejores porque el señor Bernabé se mete rápidamente en una ronda de niñas y canta, saltando en el patio rectangular de la Escuela Normal , “Buenos días su señoría, mantantirulirulá” y una vez que desbarata la ronda, toma mágicamente una manito y la coloca para que se estreche con aquella que nadie quería tomar porque tenía tristes y solitarias verrugas, mientras se va como un ligero saltimbanqui a buscar manos que no quieren ser estrechadas por los niños crueles.
Y así, jugando, enseñaba valores excelsos como la fraternidad.
Piezas colocadas ahora volando sobre el patio de la Escuela Normal y entonces entender….
El destino no es tan caprichoso, el azar a veces no es sólo un golpe de dados.
Y algunos seres humanos sí son imprescindibles.
Y a veces, la felicidad es bastante parecida a recordar a un gran hombre al que se le ocurre entrar a una ronda de niñas para enseñar que todas las manos tienen cinco dedos y una palma.
Y que no hay nada mejor que estrecharlas…..

26 de junio de 2010

AZCONA Y LAS HIENAS DE HOJALATA


Azcona era inteligente, creativo, buen profe de plástica. Trabajábamos juntos en una escuela de Florencio Varela, donde empecé.
Yo era muy joven y muy poderosa. Porque ahora era profe, y entendía por fin que allí estaba mi lugar en el mundo.
Nos hicimos muy amigos, porque era sensible, divertido, cariñoso..... Los chicos lo miraban como a un bicho raro, acaso por su pelo anaranjado furioso y sus ojos increíblemente celestes. O por sus modos en exceso cordiales de dirigirse a ellos, quienes estaban más acostumbrados al trato de los profesores de Taller, todos masculinos, groseros y con signos de no haberse bañado ese día. En esos modos a los que estaban tan acostumbrados no faltaba nunca el "Dale, negro, andá a comprarme cigarrillos al kioskito de enfrente". Y el "negro", que tenía 14 años y se sentía un protagonista en la vida del profe que tenía un Renault 12 y que vivía en el centro de Quilmes, salía corriendo con peligro de que lo arrollara un colectivo.
Azcona jamás hizo semejante cosa.
Él les enseñaba arte, y llevaba al colegio reproducciones de Miró, de Dalí, de Brueghel, que dejaba a los chicos con los ojos y la boca abiertos, reflexionando en voz alta: " Chaaaaau, qué alucinante". Él los llevaba, junto conmigo y con Lidia, mi compañera, al Centro Cultural Recoleta en tren y subte, para que vieran una muestra interactiva donde exponían Clorindo Testa, Marta Minujin y otros más que no recuerdo, pero que aquellos chicos, hoy de treinta y pico de años, seguro que sí.
Tampoco se llevaba a su casa cuatro o cinco sandwiches de mortadela como los demás, la merienda de los chicos, que el Director, en vez de repartir los sobrantes entre ellos, lo hacía entre los profes, de modo que tuvieran la cena resuelta los dueños de Renault 12, y habitantes de una cómoda casa cuya cocina tenía azulejos con manzanitas.
En los recreos, mientras los varoniles profesores de Taller se reían de la falta de habilidad de "estos negros" para hacer una budinera de hojalata, Azcona nos comentaba a Lidia y a mí que Quique, el asmático, había dibujado un dragón saliendo de un huevo que era impresionante. Y que él le había pedido que lo pintara, pero como Quique no tenía lápices de colores, él le había traído sus Caran d´Ache, que habían sido devueltos al día siguiente con la correción de un caballero inglés.
Azcona, además, pintaba.
Pintaba frutas. Bellas frutas de colores exagerados, como el celeste de sus ojos y el anaranjado de su pelo, como el verde de sus pantalones y el amarillo de su campera.
A veces exponía, otras veces los vendía entre sus amigos.
Los viriles profesores de Taller sólo se dirigían a Azcona para hacerle preguntas impúdicas y soeces mientras se guiñaban un ojo entre ellos y fingían disimular la risa saliendo para la puerta tapándose la boca con las manos. La boca sucia y deshonesta, la boca inútil, la que nunca decía cosas interesantes, ni cordiales. Esa boca se tapaban, mientras los más burlones lo inquirían:
- Che, Azcona.... lo que más te gusta pintar es la banana, no?-
Y el ruido, el aullido de las risas frente a la cara de Azcona que pintaba bellas frutas y les llevaba a los chicos reporducciones de Brueghel.
-¿ O berenjenas?-
Y las hienas caminando agazapadas frente a la presa que no se defendía. Sólo sonreía y respondía a sus preguntas, con los ojos muy celestes, con las manos delicadas de artista, con sus hojas número 6 llenas de dibujos coloridos de los que iban a comprarle cigarrillos al profesor que tenía un Renault 12 al que trataba con más afecto que a otro ser humano.
-¿ Y de qué color las pintás, Azcona? ¿Rosadas?.... A las bananas, digo.....- y más estruendo de risotadas de hienas, de cuervos, de mediocres, de estúpidos mediocres que seducían a las jovencitas más avispadas , mandaban a comprar cigarrillos y les robaban a los chicos los sandwiches de mortadela que mandaba el Consejo Escolar.
Un día, Azcona renunció.
Y ellos, los abusadores de poder, los ladronzuelos, los simios semianalfabetos, se preguntaron ese martes:
- Uh... renunció Azcona. ¿Y ahora de quién nos vamos a cagar de risa?-

24 de junio de 2010

algunos poemas minúsculos


I- El escritorio

Desde su sitial, con el ceño lleno de sombra,
no era aquél
no lo era....
¿El que tenía la voz de Zein Alazman?
¿El que ponía los ojos de Mandinga?
No... No era
La miraba, y ella iba sintiendo
que se iba transformando en agua,
en un objetito callado,
que su peinado era inoportuno
porque...
¿Cómo peinarse para ir a pedir perdón?
¿Cómo mirar?
¿Cómo atreverse a decir que no, que no quiso, que le salió,
que ojalá no hubiese sucedido lo que ya ni recuerda?
Él la miraba, y ella se perdía en los lomos de los libros
que, como lobos australes,
vigilaban que no se moviera del asiento
en el que sus piernitas colgaban
y después, sólo después,
le hormigueaban
"La carga de la Prueba",
" La España Musulmana"
" Vidas Paralelas"
y ella ya no lo escuchaba,
sólo necesitaba
salir de allí,
aplastarse como las flores en medio de las páginas
desaparecer
no haber sido nunca
y entonces,
entonces lo decía.
Pero....
" Vaya hija, usted no está verdaderamente arrepentida"




II- Presente imperfecto compuesto

Esos dos
que ahora no se conocen
se han incriminado en lesiones
en los limites moribundos del horror
han caminado el túnel lóbrego
de un tren fantasma
que la kermesse olvidó de retirar
han mirado un espejo quebrado
por el golpe solitario e inútilmente teatral
de un zapato
contra el azogue.

Pero esos dos
conocieron menos palabras de alfanjes certeros
cuyo hundimiento significaba errar como un ciego
supieron no haber torpemente triunfado
vociferando,
mientras la soga
se iba anudando, como una serpiente,
en el cuello.

III- Papeles de recién nacida

A despertarme en un ataúd
acolchado, de colores tenues
que nadie puede mirar
sólo yo porque estoy de ese lado
A escuchar el relato de
la muerte lenta y agónica
que los ahorcados cuentan
en el Infierno
A ser condenada a muerte
y quedarme hasta el fin de la sentencia
sin haber entendido que era
mi propio nombre el que sonaba
A ver el espejo redondo
perfecto
y monstruoso
de la verdad sobre mi propia vida
A cartearme con engendros
que llegan caminando desde el más allá
y me recuerdan
los hechos más vergonzosos de mi historia
aquella maldad, aquel acto innoble
aquel dicterio contra la naturaleza misma del amor
A comprender,
en el ataúd, en el Infierno, en la sentencia
en el espejo, en las cartas
en lo hechos
que yo y sólo yo
puedo ser quien libere el desatino.....

IV- poema en minúscula

chicas con hot pants
bailando en cronopio
(todo con minúscula,
porque es en voz muy baja)
naranjas reventadas
abajo de las ruedas de Peugeots 404
bombitas de agua sólo a la siesta
espuma en los ojos antes de la medianoche
chicos que escuchan discos en garages
y leen las tapas, y buscan ser Fogerty,
y creen que esa tarde en el asalto
van a sacarla a bailar
por lo que se perfuman con Krandall´s
y se ponen una Lacoste y un pantalón
de Eduardo Sport
y a veces, sólo a veces,
se engominan el pelo peinado para atrás
(suenan ametralladoras, suenan bombas,
hay olor a muerte fresca,
pero ellos son aún inocentes
y creen que el más atroz malvado
es Nicola, o Dispinzieri, o Vapore....)

¿qué tiempo es el tiempo que nos llevó
de la ciudad de nombre soñador
a la ciudad de los muertos con esquirlas?
¿qué cometa, qué eclipse de sol, qué fin del mundo
nos tabicó,
nos trasladó,
nos liberó tras la feroz tortura?
¿por qué no gritamos?

El tiempo es un monstruo voraz
que se ríe
desde el fondo oscuro del espejo