21 de octubre de 2009

PRUEBA



Para FM

Lucas Maroni había pasado en tres minutos a ser un chico infeliz. Resulta tan sencillo devenir en ese estado cuando el padre ha muerto de un paro cardíaco a los 41 años, como avanzar por los pasillos del colegio y ser mirado por los demás con mayor respeto y simpatía. Ése es el chico de segundo al que se le murió el padre…. Y la fórmula suena como un talismán contra el maltrato, contra la cruel ignominia del que está en el colegio desde la salita de tres frente al nuevo, contra el desdén de las deliciosas muchachitas que aún no lo miran, por desgarbado, por demasiado infantil en sus comentarios o en sus movimientos de largos brazos, como crecidos el verano anterior. Y se siente que esconde una experiencia de la que no puede hablar sin llorar, por lo que prefiere distraerse con el torneo de fútbol, olvidando por un minuto que la ausencia será constante, mientras recita su número de documento a uno de los alumnos más grandes que le pide sus datos. A medida que pasa la mañana, ha dejado de pensar en el sillón de cuero en el que vio la muerte cara a cara llevarse a su padre, que lo mira ahora desde una fotografía que se sacaran en Puerto Madryn en las vacaciones de Julio. Ha dejado de ver a su madre hecha un guiñapo dolorido, como si no tuviera columna vertebral, llorar abrazada al féretro cerrado.
Son las once de la mañana y Segundo año tiene prueba de Literatura. La profesora es un ser infrecuente que logra dominar sólo con una mirada a 35 criaturas de 13 años, que sienten literalmente que se desvanecen cuando ella hace una advertencia, segura de sí misma desde su aparente fragilidad física, que termina siendo su mayor bastión, puesto que además, cuenta con una voz estentórea y un léxico abultado del que extrae frases y refranes que a ellos los hace dudar constantemente si es que habla en serio o vive una gran farsa con la que se divierte después.
Lucas Maroni ha tenido en el pasado un entredicho con la profesora de voz estentórea y ojos de lechuza. Y ella cortó con una frase lapidaria Yo con vos no discuto, vos acatás mis reglas. Sin embargo, ella pareció olvidarlo, pues no tomó represalias con la nota, no lo trató con indiferencia, no dejó de explicarle cuando él, respetando acaso un mandato de preguntar todo lo que no entendiera, levantaba su mano para inquirirla sobre lo que ésta estaba por explicar apenas Lucas Maroni la dejara hablar.
Cuando entró, y una vez obedecida en silencio la orden Tomen asiento que la profesora de léxico abultado decía una y otra vez al entrar al salón y dar los Buenos Días, Lucas Maroni se incorporó pesadamente de su banco y le preguntó si podía hacer la prueba el lunes siguiente. Ella lo miró con una ternura de la que jamás en toda su vida Lucas Maroni lograría olvidarse, y le propuso hacerla de todos modos, en cuyo caso, la corregiría solamente si estaba aprobada.
Lucas Maroni se sintió confundido. Entendía que la confianza que ella estaba teniendo en él no correspondía a las miradas indulgentes, al liberado arbitrio que otros ponían en su estancia en el colegio, a las horas que podían contarse con dos dígitos en que su padre estaba enterrado y él vivo.
Y Lucas Maroni se sentó en su pupitre, al lado de Manuela Miralles, y comenzó a subrayar las características de la novela gótica que estaban equivocadas, a escribir los números de lecciones que da el maestro en la novela de formación, a desarrollar la historia de un personaje a elección de las tres novelas vistas. Y entregó primero.
Todo el día sintió una especie de presagio, una lucidez nacida de su dolor y de su férrea fuerza de voluntad.

Cuando la profesora de ojos de lechuza corrigió en la soledad de su casa la prueba de Lucas Maroni, entendió que había hecho las cosas bien ese día, porque el 9,65 que colocó en rojo, arriba de su sello y su firma, se fue borrando de su visión a medida que se le empañaban los anteojos de ver de cerca.....

12 de octubre de 2009

ESTA BOCA NO ES MÍA







A la mejor manera de Gregor Samsa, una mañana Aurora se despertó anormal. Su metamorfosis no consistía en la conversión en un insecto ni en un invertebrado ni en un mamífero. Y en realidad, no fue consciente de ella hasta que entró en la cocina y pretendió saludar a su hija que se había despertado antes que ella.
Salían de su boca frases y palabras que no tenían proporción con lo que el pensamiento dictara, de tal modo que a la orden “ saludo”, cuyas alternativas eran “ Hola”, “ Qué hacés”, o “ Buen día”, ella ensartaba
“ Dame cuatro”, o “ Perfecto”, o “ Lo necesito”.
Se miró al espejo y no notó cambios en su fisonomía. Más arrugada tal vez, un poco más ojerosa, bastante fea sin maquillaje. No sentía sus formidables jaquecas. Sólo una especie de aturdimiento general, como si hubiese estado toda la noche sentada al lado de un parlante en una discoteca, pero éste era un estado que conocía bien puesto que hacía unos días que la venía aquejando, por lo cual no era posible que deviniera en la imposibilidad de hablar normalmente, responder preguntas o indicar necesidades.
A la manera de Samsa, también quiso ella acudir a trabajar, pero la cara de horror con la que la miraba su hija que la siguió hasta el baño, la actitud alerta con que se hubiera despertado su marido al llamado de la chica, y las muestras de que algo extraordinario le estaba sucediendo, la convencieron de que debía solucionarlo antes de volverse loca de angustia.
Cuando quiso decir esto a su marido, éste escuchó aterrado, que ella prefería despertarse con el sonido de un despertador y no con el televisor.
Cuando quiso explicarle que lo que le estaba pidiendo era que la ayudara en este trance, le pidió que recogiera a las cuatro a uno de los hijos que salía del club. Cuando, ya llorosa, le pidió que llamara a su analista, habló del ritmo con que los zulúes bailan en ronda.
Su marido y sus hijos toleraron esta situación cautamente hasta las seis de la tarde.
Luego, buscaron sus documentos, algunos efectos personales y la ingresaron en una clínica psiquiátrica donde nadie se sorprende de sus respuestas porque son más atinadas que las de sus interlocutores.

4 de octubre de 2009

EL DESENGAÑO DEL SEÑOR VERGARA



El Señor Vergara nació con una tara severa.
Desde que empezó a hablar, tuvo razón.
Esto lo alejaba permanentemente de su prójimo, puesto que, no solamente la tenía, sino que, además, la divulgaba. Y si esa verdad hería a quien discutiera con él, era muy probable que el Señor Vergara hubiera de tachar de su agenda ese nombre, puesto que el herido en cuestión, dejaba de saludarlo.
Su vida fue más o menos un salto de la dicha al infortunio toda vez que sintiera en la punta de la lengua que la razón lo invadiera, y se viera obligado por una fuerza inconmensurable a echarla de su boca como si fuese un escupitajo que es imposible de tragar por buena salud y decoro.
Claro está que sólo él sabía que tenía razón, por lo que mal podían los otros suponer que lo que estaba alegando Vergara, era la más pura certeza de toda verdad. Si lo hubiesen sabido, no solamente no hubiesen discutido con él sino que además, hubiesen ido a su casa en romería, con el objetivo de hacerse aconsejar acerca de cosechas, naipes, martingalas y futuros nacimientos. Y de ese modo, la soledad con la que contaba Vergara, se hubiese reducido al menos en el horario de consulta de los supuestos fieles.
Vergara no tenía el más mínimo impedimento en decirle a su madre que era una prostituta, a su padre que era un inútil, a sus hermanos que eran tres retardados mentales que no servían para nada y a sus cuñadas que eran tres arpías mal peinadas.
Tampoco trepidaba en decir que los maestros eran una manga de iletrados, el intendente, un zafio y hasta el ordenanza del edificio municipal, un olfa.
Todo eso que decía Vergara era verdad, pero las verdades más tristes que pronunciaba eran las que se referían, más que a las características, a las conductas o a las intenciones que albergara su entorno.
Así, Vergara se pasaba la vida catalogando las conductas de los otros, mientras nadie hablaba de él puesto que, como siempre la razón lo acompañaba, nada de lo que hacía estaba fuera de lugar ni despertaba ni siquiera la atención.
Vergara jamás se había equivocado, y en eso se destacaba de sus semejantes.
En lo que fue igual a todos, fue en su muerte.
Un día de abril, Vergara entró en coma, y murió lentamente en su cama de soltero de la casa de sus padres.
Sintió un tirón en el cuello, un pellizco muy leve en las vértebras, y de pronto, sintió que el sueño lo vencía, entrando en su dulce molicie sin despertar ya más.
El caso es que cuando murió, y mientras escuchaba los comentarios de sus deudos que lloraban sus despojos en el ataúd, comprendió como quien de pronto encuentra que toda su vida llamó blanco al color negro, que estaba entrando al paraíso, el cual siempre había sido negado por él como una superstición vana y embrutecedora del racionalismo puro que enaltece a los hombre sabios

21 de septiembre de 2009

SALUDOS EN EZEIZA


( A mi hermana)
- Es que ustedes laburan, boluda…. Yo tengo un emboleeee – arrastró la palabra Constanza para indicar que su tedio no era momentáneo, sino un aburrimiento mortal que la embargaba desde que se levantaba de la cama. Bárbara suponía, a todas veras, que su hermana era demasiado blanda para trabajar, por lo que, casi ofendida, intentaba torcer su decisión para hacerla desistir:
- ¿Pero justo en la Clínica de Machaca? ¿Vos te imaginás el quilombo que va a hacer la vieja cuando te vea?- buscando aprobación, miraba a las otras hermanas que presenciaban una más de las discusiones a veces sangrientas que ésta entablaba.
A Verónica le dolía el adjetivo endilgado a Machaca, por lo que, mientras interrumpía el arreglo de sus uñas con una lima con corazoncitos, escondía su labio inferior entre los dientes superiores y miraba al cielo con cara de unción, reprendiendo:
- Ay, Bárbara…. La vieja… la vieja…-
- ¡Bueno! Machaca, la tía, María Magdalena, como quieras…. Está tan pirada que te va a decir cualquier cosa, vas a terminar llorando como una pelotuda, te la canto desde ya-
- Che, pará un poco… Si le ofrecieron de ahí, ¿Qué importa? Justo casualmente está internada Machaca, pero eso no quiere decir que va a estar masajeando los pies de Machaca todo el día- recordó Carola acodada en la barra de la cocina de su casa, lugar donde aparentemente confluían las hermanas cuando el statu quo de la familia se modificaba aunque sea un centímetro.
- Ay, que asco, boluda…- se repugnó Verónica, viendo en su mente dos bodoques inertes color obispo a los que Constanza les daría vida, representando los pies de cualquier anciano, ya sea Machaca o el Papa Juan Pablo II.
- Mirala, che….- se vengó Bárbara del comentario anterior de la hermana menor.- Primero se horroriza que le diga “la vieja” y después se asquea de las patas- y largó una carcajada excedida sólo para mortificarla, gesto al cual Verónica no respondió pero que la dejó con una tristeza inmensa durante los dos días posteriores al coloquio.
- Bueno- remató Constanza – Igual ya acepté- y mordió, por hacer algo, una miga que encontró en el mantel sin sacar del almuerzo y que escupió inmediatamente al notar su gusto dudoso.
- Ahhhhhhh!!! – Vociferó la gemela - ¡Te felicitamos!!!. Cuando la vieja te putee y te haga quedar mal, no vengas a llorar acá, eh-
Y quedó rumiando el pesar que le originaba sospechar que su hermana se vería humillada por alguien, fuese quien fuese, y no estuviese ella para defenderla de quien lo probara.

Constanza se vistió con diligencia ese lunes. Era probablemente la más elegante de las hermanas, y sabía cómo impresionar. Llegó a la clínica después de dar cinco vueltas manzana y pasar por la puerta las tantas veces que aminoró la marcha bajando el cuello para dar con la dirección, pese a que ya había ido a esa clínica por lo menos en diez ocasiones, con la salvedad de que en esas ocasiones habían conducido Carola o Bárbara.
Después de las presentaciones de rigor, se vio en un cuartito donde debía cambiarse de ropa y colocarse un ambo ya preparado para ella, en cuyo bolsillo izquierdo se leía: Constanza Arias, Kinesiología.
Feliz, orgullosa, llena de ansiedad, abrió la puerta con fuerza, como si ya fuera de la casa y estuviera apurada por la cantidad de pacientes, dándole con ésta en la ceja a un enfermero que hubo de ser atendido por sus propios compañeros, quienes le pegaron la herida con la gotita y le estamparon una cinta adhesiva.
Y entró, Constanza, la nueva kinesióloga, a la habitación en la que Machaca leía sin lentes una revista Pronto, junto a una anciana con aspecto de moribunda que yacía en la cama vecina, a quien la tía le hablaba como si gozara de la más plena salud Che, pero mirá las tetas que tiene esta hija de puta de la Francese.
Constanza creyó que Bárbara tenía razón, y juzgó que quería regresar a su casa en ese instante, pero al presentarse, omitiendo el parentesco como le había aconsejado Pablo, recibió de Machaca una sonrisa tan dulce, que le hizo recordar a la cara de su padre.
- Hola, nena- le dijo- ¿Venís a masajear a estas viejas?-
Ella percibió que entraba en otra dimensión, la de sus juegos de infancia, en los que le resultaba tan difícil salir, que continuaba diciendo que se llamaba Aurelia inclusive a los propios tíos que, naturalmente, conocían su nombre y apellido. Y ejercitó, como nunca, su verdadera esencia; la de la actriz formidable que hacía creer a todo el mundo lo que ella quería que creyeran. Salvo que en este caso, no sólo era necesario sino también impulsado por la preservación de su propia salud mental.
- Si, señoritas. ¿Señoras o Señoritas?-
- Yo soy señora…- respondió muy resuelta Machaca – Aquella ya no, pobre. Es viuda- secreteó, como para no recordarle a la moribunda que su marido era polvo del planeta desde hacía quince años.
- Pobre- se lamentó Constanza- ¿Y su marido la viene a ver?
- Vive acá, en mi departamento de Juncal- contestó.- Ahora está ocupado con un tema con unos peones….- se interrumpió – Es estanciero, pero le gusta mucho el cine-
- Ahhhh- le respondió Constanza mientras le sacaba las pantuflas y le encremaba unos pies de niña- ¿Hace películas?
- Sí, claro…. Unas películas bárbaras. Vos viste “La Raulito”?
-¿La de Marilina Ross? – Aclaró Constanza innecesariamente- ¡¡Síiiii!!. Divina película- mientras ahora sus manos le recorrían con los dedos un camino hasta el tobillo diminuto de Machaca, que se abandonaba a la pericia de Constanza y hablaba cada vez más lentamente, cada vez más en secreto, con la penumbra fresca de la habitación que invitaba a internarse en su mundo psicodélico de fantasías y recuerdos mezclados con delirios que, en otro momento, la hubieran hecho largar una irreverente carcajada, pero que ahora, en ese leve abandono que la tía que le enseñó a maquillarse mostraba a sus manos y sus oídos, le mantenían el pecho embargado de una triste emoción que su vida ligera jamás había experimentado.
- Sí… muy linda película. Bueno, mi marido es Lautaro Murúa- indicó con un orgullo infantil.
- ¡¡Ay, es buenmocísimo!!!- se congratuló ella, mientras Machaca asentía sonriendo con los ojos cerrados:
- Mi vida sería perfecta si no fuera porque extraño mucho a mis hermanitas….- comenzó, con una voz extraña, entrecortada a veces por un sollozo, o por un carraspeo para disimularlo.- Una se nos murió. Del corazón, pobrecita. Era tan pero tan linda…. Y la otra se fue… a Estocolmo se fue. La dejé de ver en el 75. No me olvido más… nunca me voy a olvidar… nos habíamos peleado por una pollera… Mirá que hay que ser pelotuda para enojarse con la hermana de 20 años que se va a vivir a Suecia… Y yo me hice la ofendida… le di un beso en la mejilla… ella me miraba, porque esperaba que la abrazara, pero yo… me hacía la ofendida… porque me había sacado una pollera… ¿Te das cuenta, nena? Una pollera… un pedazo de trapo que después le regalé a la muchacha… Y ella nunca más volvió… nunca más…. Tenía el pelo rubio y largo hasta la cintura, y era tan buena con la gente…- Machaca lloraba ahora, unas lágrimas pequeñas que iban corriendo por su cara, que de pronto se descubría ante Constanza con delineador negro y pestañas postizas, tan lozana y fresca como cuando aparecía con palazzos en las navidades en Tortuguitas, como una reina, tomando champagne y dándoles de fumar en el baño, mientras mandaba a la mierda al mundo entero con una carcajada llena de palabrotas que a las chicas Arias las hacían desear con toda su alma ser exactamente, en el futuro, como Machaca Arias Guevara.
Constanza escuchaba esto en un recogido silencio. Temía hablar y que se rompiera el encanto, pero también temía que el dolor de los recuerdos lastimara a Machaca, y tuvo unas irrefrenables ganas de acunarla como si fuese su hija, de acariciarle la cabeza que siempre olía bien. Jamás había visto a la tía llorar, salvo cuando habían muerto los hermanos, lo cual, de todos modos, había sido más bien exiguo, porque parecía que la función de Machaca era divertir a la familia, y extirpar la angustia ante la muerte y el paso del tiempo. Entonces descerrajaba alguna barbaridad que a todos les anestesiaba el dolor por un minuto, lo cual era agradecido como el agua en el desierto.
Ahora era ella la que mostraba a la desconocida kinesióloga su pequeño dolor de no haber saludado con un abrazo a la hermana ausente desde hacía 34 años, y era Constanza la depositaria de ese secreto que jamás diría frente a nadie.
Por fin, habló. Y sintió que su voz sonaba como la de sus hermanas:
- Yo también tengo una hermana que se fue. En el 2001… ¿Se acuerda? A España se fue…. Y no la he vuelto a ver más-
Machaca abrió los ojos, enormemente verdes, como de muñeca:
- ¿Y la pudiste saludar en Ezeiza?-
Constanza negó tristemente con la cabeza
- No, Señora Murúa…. No llegué. Yo vivía en Escobar en esa época y salí tarde de mi casa-
- Ay…. – se condolió- Qué pena…. Qué gran pena….- y cerró de nuevo los ojos, como dormida, mientras Constanza le ponía las medias con delicadeza y le besaba el pie derecho, con tanta ternura como no había sentido ni por su hijito.
Machaca quedó en la habitación, y Constanza salió hacia la puerta, para continuar su primer día de trabajo.

Cuando llegó a su casa, escribió un mensaje para su hermana Bárbara
Te quiero.

11 de septiembre de 2009

SUPERMERCADO " AHORRA"



Bárbara investigó con cara de preocupada la heladera, cuyo resultado echó la humillante suma de cuatro aderezos mal apretados, un Ibupirac vencido y tres limones secos arriba de una milanesa de rotisería, cuyos duros vértices se arqueaban hacia los cítricos abarcándolos en un abrazo fraterno; por lo que concluyó con un humor de perros que su obligación era ir al supermercado.
Su plan distaba mucho de arrastrar los pies entre góndolas atestadas de parejas felices que se consultaban precios, o de chiquilines que le empujaban el changuito en sus correrías por los pasillos, por lo que optó por acudir al mercadito chino que a veces la sacaba de apuro con algún producto olvidado del pedido del mes.
Buscó las llaves del auto, se puso anteojos negros y salió hacia la calle en la que estaba situado el mercadito, a tres cuadras de la suya.
Bárbara era tan extraordinariamente perezosa para caminar, que iba en auto a comprar cigarrillos al kiosko de la vuelta de su casa.
Apenas llegó, vio que dos fornidos muchachos estaban apilando cajones de gaseosas, mientras el dueño del mercado, un oriental descarnado que saludaba gozoso uno a uno a los clientes que acudían a su negocio, anotaba en un formulario el nuevo pedido y balbuceaba en un dudoso castellano la cantidad de cajones que necesitaba ah… doss… cajjon. Ella entró, y aunque dudaba mucho de que el oriental la conociera, devolvió halagada el saludo casi ininteligible que éste le brindara al ingresar, como si recibiera una reverencia budista antes de recogerse en un templo en medio del Himalaya.
Escuchó que los muchachos fornidos trataban de un modo demasiado cercano, acaso confianzudo, al dueño del mercado, quien sólo mostraba una quijada abierta en una sonrisa anodina, puesto que no comprendía un ápice de la jerga de aquéllos, a quienes, a decir verdad, había que prestar la atención propia hacia los sordomudos para hilar la sintaxis de sus enunciados, pues apenas si articulaban dos o tres frases con sentido, por lo que mal el chino decodificaría algo entre sus gruñidos mal estructurados. Sin embargo, se notaba claramente que estaban riéndose del Señor Huang, quien para Bárbara representaba un arquetipo de urbanidad y simpatía, y quien, según Constanza le hubiese anoticiado, Creo que en China era filósofo, o teólogo… o no sé qué cosa de la filosofía Zen, lo cual a cualquiera de las Arias la transportaba en un éxtasis ponderativo, ya que eran adoradoras del saber ilustrado, y consecuentemente, se conmiseraban de aquellos como el Señor Huang que había abandonado su erudición para viajar al otro lado del mundo con el propósito de alimentar a su familia, ideada por ellas como un montón de chinitos muertos de hambre y con los vientres abultados, asociando su cantidad y sus fisonomías a Kim Phuc, aquella niña vietnamita que corriera junto con sus hermanitos con desesperación por la carretera en 1972.
Si bien era cierto que las palabras de Constanza no siempre eran confiables dadas sus buenas intenciones pero pésimas consecuencias a la hora de la verdad, las hermanas, sin embargo, tenían la extraña manía de creerle todas sus primicias, pese a la cara que Pablo Smart ponía cuando ella tomaba la palabra para develar un secreto que las otras desconocían, porque siempre, indefectiblemente, este secreto era un delirio inventado por ella para realzar al personaje que le había caído simpático.
Los muchachos fornidos continuaban zahiriendo al Señor Huang, mientras éste hacía conmovedores esfuerzos por mantener la compostura sin abandonar la cordialidad, hasta que en la búsqueda del pan rallado, Bárbara notó alarmada, que uno de ellos tomaba la solapa de un mal compuesto saco que llevaba el chino, y lo sacudía de un modo inconcebible, por lo que se acodó con cara de arrabalera en el carrito desvencijado y con unos irreverentes deseos de trompearlos hasta dejarlos desmayados en el suelo, les espetó con voz bronca:
- ¡ Che, qué les pasa a ustedes? ¿ Quieren que llame a la cana?¿ Por qué no lo dejan tranquilo?- preguntas todas que congelaron el momento en un cuadro estupefacto y mudo, ya que todos los clientes se detuvieron, las empleadas que cortaban fiambre cogotearon para localizar el lugar de donde provenía la voz y aún la muchacha que pesaba la fruta salió del mostrador con sus guantes de cirujana manchados con tierra de las papas y quedó en el pasillo con una bolsita de damascos a medio pesar.
El Señor Huang comenzó a transpirar, viendo cómo su negocio tenía un incidente más bien grave con esa arpía gritando, y en lugar de sentirse defendido por Bárbara, percibió que debía demostrar que en su casa sólo reinaba la paz y la concordia, por lo que, enfrentándose con ella como un gallo de riña, le dijo con tono molesto:
- Va la seiora…. Va…. No grita… no grita acá… acá … No, no-
Ella supuso que el chino no había comprendido, dadas las precarias condiciones lingüísticas con las que se manejaba, que la intención que la impulsaba al mal momento era solidaria y fraterna, que no creía en las razas y en las nacionalidades, y que su concepto de patria era más bien lábil, por lo que se sentía hermanada con aquel ejemplo de trabajador erudito que debía soportar las groseras arremetidas de la canalla analfabeta que se permitía la pulla hacia alguien que, al no conocer el idioma, era tildado por ellos de pusilánime. Dando por seguros todos esos argumentos, rechazó con una sonrisa bastante forzada las manos que el Señor Huang pretendía imponerle en la espalda para aquietarla, barboteando torpemente:

- Nadie a usted va a faltarle el respeto, señor…- a lo que el chino, frunciendo aún más la lozana cara característica de la raza amarilla, negaba con un rotundo y frenético movimiento de cabeza, mostrando que lo último que necesitaba era la defensa que de él estaba haciendo a sssseiooora. Ella insistía empecinadamente en continuar su enfrentamiento con todo aquel que no guardara un mínimo de respeto hacia alguien tan honorable como el señor Huang, quien seguramente habría llevado por el Tibet a una miríada de jovencitos pelados con túnicas anaranjadas y las manos juntas en señal de unción, y quienes en este momento serían monjes llenos de sagrada veneración por parte de un pueblo mucho más culto que estas bestias que apenas si sabían hablar.
Y mientras continuaba con sus cerriles razones, las que, dado su carácter inaguantable, pretendía mostrar como válidas sólo con sus miradas amenazantes y sus toscos insultos, Bárbara observó que el Señor Huang sacaba de su bolsillo un celular de última generación y, con gesto impaciente, marcaba con un único y eficaz dedo pulgar, algún número de emergencia, y casi en un segundo, estacionaba chirriando atrás del camión de las gaseosas, un patrullero con tres agentes de la Policía Federal que la redujeron rápidamente como si se tratase de una mechera sorprendida metiéndose en la campera algún producto.
Cuando Pablo Smart fue a buscarla a la Comisaría Cuarta, a la vuelta del Supermercado “ Ahorra”, y antes de escuchar como en una penitencia medieval cada Chino hijo de remil putas que Bárbara endilgara al honorable Señor Huang, u otras imprecaciones infladas soezmente por la humillación que hubiera sufrido al ser acusada por el oriental de tumultuosa, le preguntó atinadamente si no le fallaba la intuición al creer a pies juntillas cada disparate que Constanza largaba; luego de lo cual se la pasó, hasta depositarla en Tortuguitas, diciendo con una media sonrisa burlona entre los dientes:
- A quién se le ocurre….. teólogo el chino Huang…. A quién se le ocurre…..-


15 de junio de 2009

UN CABALLERITO


Nada hubiera sido igual el día del nacimiento de Bruno si no hubieran sucedido extravagantes casualidades,de modo que persistentemente se narrara la experiencia cada año que el chico cumplía, aunque a medida que su altura y la cifra iba aumentando, ya los comentarios hubieran pasado de ¡Uh… Te acordás, qué quilombo! a carcajadas que quedaban sonando en la sobremesa de los almuerzos en Tortuguitas, y aún ahora, a comentarios melosos acerca de la hombría de Brunito, que a él lo obligaban a desear la muerte violenta de todos los integrantes de la familia.
Bruno era un ser que todo aquél que lo conociera, agradecía su llegada al mundo ese mediodía tórrido cuyos grados centígrados iban aumentando a medida que el tiempo iba pasando y fueran divulgadas las crónicas registradas por cada componente familiar más o menos exagerado.
Fue esperado con todo el esmero del que Carola y Enrique fueran capaces en los preparativos que ensayaban leyendo un libro llamado “Espero un Hijo”, y todas las revistas mensuales que se vendían a las embarazadas en los kioskos, y a las que ella directamente se había suscripto, tragando fervientemente desde las secciones en que se aconsejara sobre los cuidados prenatales hasta cómo explicarle al chico cuando preguntara por la muerte, o cuando sacara malas notas en el colegio o no quisiera alimentarse.
Cuando la fecha del parto se acercaba, los Filardi se instalaron en la quinta de Tortuguitas, que ya estaba habitada desde diciembre por los Arias junto con Constanza y Verónica, que aún eran solteras, y donde, asimismo, recibían, los días de mucho calor, a otros miembros que telefoneaban para preguntar qué llevar para almorzar y se quedaban toda la tarde en la pileta, mientras Amanda comentaba por lo bajo con alguna de sus hijas Éstos se piensan que es un club, y trataba de poner cara de dicha infinita ante los visitantes, para no airar a Quitito, cuya hospitalidad era proverbial.
El caso es que el domingo en que Carola comenzó con las molestias previas al alumbramiento, se estaba preparando un asado colosal, al que asistirían todos, incluidas Antonia y Blanca, quienes por esos días compartían las reuniones familiares traídas ambas en un taxi por Copete, vestido como si estuviera invitado a un coctel en un yate.
Ese mismo taxi que hubiese transportado desde Buenos Aires a su tío con las dos mujeres probablemente más importantes de su vida, fue el mismo que los llevó hasta la maternidad, donde Carola se internaría inmediatamente después de que Enrique hablara por teléfono con el médico equivocándose con todos los síntomas que ella acusara, y siendo corregido con voz desmayada entre jadeos provenientes de la chaise longue en la que pretendía relajarse, con las ansiosas manos de Constanza alisándole insanamente el pelo, la mirada fija de Bárbara en el segundero de su reloj y sus preguntas acuciantes ¿Ahora? además de los ojos desmesuradamente abiertos de Verónica que parecía estaqueada en medio de la sala de estar, a raíz del pánico sorprendente que se había apoderado de ella, suponiendo que tal vez su hermana mayor muriera y la dejara sin su protección.
Cuando llegaron Copete, Antonia y Blanca, ésta no llegó a bajar del taxi, siéndole arrojado el bolso donde estaba preparado el ajuar del bebé, con una imposición de la que nadie se hizo autor tiempo después, Andá vos también, de modo que Enrique, al notar su presencia cuando ya tomaban la Panamericana, consideró que el momento en el que se convertiría en padre, no sería tal como había soñado.
Carola se había quedado inmóvil, como un animalito en trance, respirando tal como le decían en el curso de preparto, pero como el sonido de su voz no correspondía a ninguno de los que Enrique hubiese escuchado nunca jamás, éste los adjudicaba a alguna anomalía y entonces apuraba al chofer, quien intentaba pasar a los otros vehículos por la derecha y llevaba el velocímetro hasta 140, convertido de pronto por las condiciones apremiantes, en un héroe por un minuto. Blanca le tomaba la mano a su prima no declarada, y ésta le clavaba las uñas como si esa mano ofrecida en silencio fuese lo único que la calmara en ese instante desmesurado en el que transitaba su existencia.
Al llegar a la clínica, los hechos se sucedieron de un modo confuso. No habían llevado la credencial de la Obra Social, la empleada los atendió con tal mal modo que Enrique terminó pidiéndole inquisitivamente el nombre y el apellido, comprendiendo que su exabrupto no colaboraba con las circunstancias, pero logrando que un fornido enfermero con cara de guardiacárcel depositara el cuerpo abultado de Carola en una silla de ruedas, puesto que ya las contracciones se aceleraban y ella le había dicho en un susurro a su marido en el oído una frase que a éste le heló la sangre Me parece que rompí bolsa, estoy como meada.
Una gruesa enfermera maternal la acomodó en la habitación, le hizo un tacto inicial y le acarició la cabeza . Te falta un poco. Esperá que ya viene el dotor, ¿Sí, mami? Blanca fue a comunicarse con la familia y a comprar agua mineral, y Enrique salió a fumar un cigarrillo afuera, mientras Carola se metía en el baño para aquietar las sensaciones que ella consideraba conocidas pero que nada tenían que ver con un alumbramiento.
En ese momento se escuchó afuera la inconfundible voz de Bárbara que pugnaba por entrar, pese a que la gruesa enfermera maternal le dijera con voz cordial que no era hora de visita. Pero atrás de la perturbación preocupante que siempre sazonara la articulación del lenguaje de Bárbara, se oía también un llanto ahogado, o una especie de urgente murmullo, que inquietó tanto a Carola, que salió del baño caminando con dificultad, casi agachada, preguntando qué pasaba.
Cuando abrió la puerta vio un cuadro que a duras penas logró desterrar de su memoria sin reírse más de un minuto seguido en una sacudida muda: Machaca y China sentadas cómodamente en las sillas anaranjadas de la sala de espera, mientras ésta la abanicaba con una revista, Quitito pretendiendo calmar a Bárbara con voces cada vez más enfáticas
¡ Pero hija, no sea grosera, por favor!, Bárbara fuera de sí, ya casi por estamparle una trompada a la gruesa enfermera maternal que la aplastara contra el cuadrito que en la puerta rezaba un jovial “¡Ya nací! Me llamo……..”, y vociferando que ella tenía derecho a entrar a la habitación porque se trataba de su hermana; Copete tranquilizando a su vez a Amanda, que se apretaba las manos en señal de profunda ansiedad, y Verónica llorando como si estuviera asistiendo a un funeral, abrazada a Constanza, que ahora le alisaba a su hermana menor el pelo del mismo modo desquiciado que antes lo hubiese hecho con Carola, conjeturando seguramente que esa caricia irritante, aplacaba cualquier desborde de alguna de ellas.
Y Antonia, parada en el pasillo, rezando una muda oración con los ojos en blanco, manoseando un antiguo rosario, lo cual le confería una hierática figura de loca mística, o de pastorcita de Lourdes.
Enrique venía casi corriendo por el pasillo, a fin de sosegarlos un poco, viendo que el nacimiento del primogénito originaba semejante invasión irrespetuosa, a todas vistas pensada y ejecutada por Bárbara, que tenía el don de repetir con tanto ahínco sus deseos, que convencía hasta al hombre más templado, y allá los embarcaba en lo que ella, en su espíritu sedicioso, consideraba el más acabado derecho, aunque se tratase de tomar por la fuerza una maternidad o una iglesia.
Carola les gritó que se fueran, que ya les avisarían, Enrique les cerró la puerta de la habitación 202 sin esperar otra cosa que tanto Bárbara como Amanda estuviesen durante más de un año recordando ese desplante, y la gruesa enfermera maternal, ya con la cara descompuesta por el mal momento que Bárbara le había hecho pasar, dio media vuelta y, nuevamente dueña del pasillo, fue a buscar al médico puesto que el niño debía nacer, más allá de la familia desviada que le tocara en suerte.
Finalmente, a la una y veinticinco del mediodía, Bruno nació, haciendo honor a los genes heredados con un llanto inaugural que parecía un rugido de pequeña bestezuela hambrienta, con los ojos profundamente abiertos a los ojos de Carola que lo envolvió con sus brazos y casi lo fundió con su cuello, acaso para volverlo por otro instante más, sólo un instante, hacia ella misma, sabiendo atávicamente que comenzaba a irse de su lado.
Y cuando llegaron los tres a la habitación, Blanca los esperaba con una medallita de plata grabada con el nombre del bebé, y una expresión de niña orgullosa tan intensa y feliz, que Carola, recordando conmovida aquella mano carnuda entregada en el taxi , le ofreció el privilegio de ser la primera persona de la familia que lo tomara en brazos.


12 de junio de 2009

KETUBÁ


Las hermanas Arias habían sido criadas en un decimonónico anticlericalismo, lindante con los preceptos rígidos de la masonería, de la que su bisabuelo tenía el honor de ser
“ Gran Hermano 33”, lo cual ellas repetían sin noción clara sobre el lustre o baldón que tal dignidad atrajera sobre la familia.
Desde su infancia habían escuchado una variedad de insultos que iban desde el más ramplón Me cago en dios, hasta variedades más soeces, según quien las profiriera fuera su padre, bastante más compuesto que Copete, que en sus borracheras navideñas gritaba ¡ La concha de la Virgen María! sólo para escandalizar a la madre de Amanda, para quien pasar esas fechas religiosas con los Arias Guevara significaba llanamente un martirio como el de San Sebastián.
Estaban acostumbradas a pasar por la Iglesia y no persignarse, a quedar estupefactas frente a las oraciones que se hicieran en algunas familias de sus amigas infantiles antes de almorzar, a no arrodillarse, ni pararse ni sentarse jamás según lo ordenara algún sacerdote en algún casamiento al que asistieran, y quedaban francamente fuera de foco cuando en alguna misa a la que acudieran por obligación amistosa, los fieles se dieran la paz, alternando las manos con ellas, que no sabían si dar los buenos días o preguntarle a la persona en cuestión si se le ofrecía algo.
Se casaron las tres mayores sólo por civil, una se divorció, nunca bautizaron a sus hijos y éstos, por supuesto, en modo alguno fueron consultados para conocer su opinión cuando fueran grandes, con respecto a la religión que pretendieran ejercer.
De modo que tampoco los hijos poseían en su vocabulario palabras como hostia, virgen, Cristo o salvador, y se sentían gravemente desubicados, al igual que sus madres cuando eran pequeñas, en el momento de asistir a una comunión o un bautismo. Si uno de ellos preguntaba, en la edad de los cuestionamientos, acerca de Dios, ellas respondían frescamente Dios no existe, y daban por terminada la conversación, pese a que el niño quedara con serias contradicciones en las que la inexistencia de Dios, sólo le trajera incomodidad, puesto que también traía la consecuente idea de que al morir, los personajes queridos, no sólo no se iban al cielo, sino que, al decir de sus madres Se convierten en florcitas que después se comen las vacas que te comés vos en un churrasco, suponiendo que esta explicación les bastaría para convencerlos, sin un ligero escalofrío, de que los antepasados terminaban lisamente en las cloacas.
Para el inicio del siglo XXI, la única que quedaba soltera era Verónica, que mantenía un dulce romance con Francisco Hirsch, quien no se separó de ella desde aquel día en el que se esguinzara un tobillo a causa de sus desmadejados arrumacos.
Y Francisco, lógicamente, una vez que recibiera la confirmación de su trabajo en el Observatorio y ganara ampliamente la beca del Conicet, le ofreció a Verónica matrimonio en una parrilla de Escobar a la que llegaron tan tarde, que sólo tomaron vino tinto con unas papas fritas lo suficientemente grasientas como para dejarles la boca tan brillante, que terminaron ebrios de empinar a cada bocado unos vasos de vidrio ordinario, plagados de huellas digitales pringosas.
- Lo único – comenzó Francisco intentando ser claro en medio de su embriaguez – que nos tendríamos que casar por iglesia – quedándose serio no sólo por la respuesta que esperaba de Verónica, sino también por lo que le había costado pronunciar correctamente “tendríamos”. Ella se quedó muda. Trataba de poner en orden sus pensamientos de acuerdo a lo que siempre decía Machaca si uno está en pedo, no tiene que contestar inmediatamente.
Lógicamente que Verónica sabía que Francisco era judío, que sus padres tenían los semíticos nombres de Samuel y Golde, que vivían en un departamento en Villa Crespo, que había sido invitada alguna vez al Bar Mitzvah del sobrino mayor de Francisco donde no entendió absolutamente nada de la ceremonia, pero sin embargo, con peligro de echar a perder como siempre, la idealista noción que su novio guardara de ella, preguntó:
- ¿ Cómo por iglesia? – sabiendo que en ese pedido acuciante de sus ojos de la confirmación de que Francisco estaba bromeando, subyacía un destello de malestar, que él pescó inmediatamente y que devolvió:
- En la sinagoga, Verónica. Nosotros somos judíos-
- Yo no, que me acuerde – le retrucó ella, devenida prontamente en aguda su réplica, cosa que a menudo le sucedía, por lo que, la gente que la conocía desde chica, dudaba de que en realidad fuera tan aparentemente corta como parecía.
Temiendo inmediatamente que Francisco dejara de amarla en el mismo instante en que ella hubiese adoptado esa ofensiva, suavizó, posándole los labios en la mano y hablando arriba de ella, no sabía muy bien si por una sensualidad natural, o para que no la escuchara y no la estrangulara allí mismo en Escobar:
- Digo, bah…. No sé… ¿ Vos sos muy religioso?- como si ése fuera el momento de hablar de religión, y sin recordar en lo más mínimo, si alguna vez habrían o no conversado semejante tópico fundacional en una pareja humana.
Francisco la miró inquieto. Su objetivo era casarse por el rito religioso, sólo para que su madre, especialmente, no estuviera el día de la boda con jaqueca y los ojos llorosos, o que tuviera de pronto una lipotimia que les arruinara el momento.
En la actualidad, realmente, Francisco estaba demasiado ensimismado en su tesis de investigación y en el amor inenarrable que le producía ver cómo Verónica, por ejemplo, ponía insistentemente la llave del lado que decía Industria Argentina, u olvidaba el número de clave de su tarjeta de débito y le mandaba un mensaje por celular: Mi número era 2612 o 1226, gordo? No existía en él un éxtasis místico y tampoco era práctica militante en su familia, a decir verdad. Era más bien una cuestión de tradición, siendo como era el único hijo varón, lo cual a Golde la hacía fantasear desde que él hubiese sido circuncidado, con una portentosa jupá en la que todos los parientes llegados desde Ribera gritarían llenos de alegría ¡ Mazal Tod!, mientras Francisco, ataviado con la kipá, rompería la copa en honor al primer rompimiento de las tablas de la ley.
Durante toda esa noche, regresando a Buenos Aires, y también en el monoambiente que compartían, mientras tendían una extemporánea cama a las tres de la mañana, Francisco intentó llegar a los sentimientos más genuinos del corazón de Verónica, explicándole el dolor que podía significar para alguien tan creyente como su madre, que su único hijo varón no se casara por el rito religioso; que si ella era tan ciertamente agnóstica y liberal, poco le importaría; que lo tomara como una curiosidad, que sería más que nada divertido, que se imaginara a Bruno con la kipá, que pensara que en realidad era más que nada un trámite, y que, en definitiva, ya casi severo, ante el mutismo insolente de Verónica, le diera una razón valedera para ofender a su familia de ese modo tan agresivo y desconsiderado.
Verónica lo escuchaba, recordando los desplantes que Golde le había hecho en el Bar Mitzvah de Tomás, especialmente cuando el chico le dedicó una de las velas y ella, al levantar su copa para agradecerle la cariñosa deferencia, tiró su contenido en la cabeza de Francisco quien tuvo que sacarse un minuto la kipá para limpiarse, gesto que Golde calificó de inadmisible, y cuya raíz estaba en los movimientos torpes de esta chica que no sé qué tiene que no me gusta.
Francisco seguía pidiendo razones acerca de su negativa, y Verónica no podía evitar recordar ahora el día en que entró por primera vez en el departamento de la Calle Frías, plagado de candelabros de siete velas, platos con símbolos hebraicos, cuadritos en los que se veía al matrimonio Hirsch en Jerusalén, con otros matrimonios a lo largo de los últimos veinte años, y al final del pasillo, la cara desapacible de Golde que con una mueca de sonrisa en los labios, sin alegría en los ojos, la miraba desde lejos como cumpliendo en estudiarla antes de echarla de su casa como un perro frente a la superioridad de todas sus hijas y de Francisco ante la figura trémula de Verónica, que sonreía casi llorando, y largaba una inconveniencia tras otra.
Finalmente, casi suplicando, Francisco apeló a la clemencia de Verónica, pidiéndole que se pusiera en su lugar, y prometiéndole que nadie, y mucho menos su madre iría a ofenderla justamente el día de su boda. Y aprovechó ese momento en que la otra hubiera bajado la guardia, viéndolo necesitado de su aquiescencia según la cual prácticamente le confería un poder especial de subir o bajar el pulgar sobre el plausible matrimonio mixto, para ofrecerle una alianza de oro con sus nombres grabados, que ya le hubiera comprado Golde en la Calle Libertad.