6 de agosto de 2012

EL ASCENSOR








Súbitamente, una mañana nos despertamos con la nebulosa noción de que la vida se nos había dislocado .

. Hasta que el sueño no nos aflojó de las tensiones naturales de los tiempos difíciles, éramos tres mujeres que vivían en su casa.
Una vez que nos despertamos, pasamos a ser otra cosa. Nadie nos avisó, sin embargo. Pero había algunos antecedentes de lejanos vecinos que de golpe no estaban más, o que se empecinaban en un luto infame. Había rumores de catástrofe, silencios insolentes y trapaceros, que nos daban una puñalada por la espalda apenas salíamos de la compra con la canasta cada vez más vacía.

Pero nadie avisaba, nadie nos ofrecía claramente una información que, a decir verdad, era irreversible.

Papá había muerto y mi esposo desaparecido una vez que concebimos a Clarita. Apenas lo anoticié que tenía una falta, la tierra y sus pecados se encargaron de tragárselo sin mucho disimulo. No tenía hermanos, no teníamos más que dos tías muy ancianas que más que calor nos podían convidar disparates sin hilar, por lo que vivíamos en el departamento número 9 de la calle Forccia.

Yo trabajaba en el consultorio de un oculista, y mamá era modista. Clarita iba regularmente al Colegio, hasta esa mañana en que pasamos a ser otro tipo de ciudadanas.
Por alguna razón que desconozco, no me desperté para ir a trabajar ni para dejarle el desayuno preparado a mamá ni para llamar a Clarita para el colegio.
Supe, con una seguridad atroz, que no era necesario despertarse nunca más.
A media mañana tocaron a la puerta.

Estábamos sentadas en la cocina recitando nuestras oraciones, orando por nuestra nueva mala fortuna, pidiendo al Creador que se conmiserara de nuestras fatigas y que nos alumbrara para enfrentar la nueva situación, muertas de miedo y de pesadumbre.
Se levantó Clarita, que ese día parecía menos niña, y regresó al rato, avisando con un hilo de voz que estaba Mme. Ford para cobrar la renta. Una voz como insuflada por otro, unos ojos llenos de resignación.

Mme. Ford escuchó mi disculpa, ya le pagaría la semana entrante, ahora no había cobrado aún mi sueldo, no era principio de mes, no entendía cuál era la razón para venir con tanta anticipación.

Mientras iba diciendo esto, Mme. Ford hacía ruidos con la lengua sobre el paladar, en un chistido de disgusto y movía la cabeza a un lado y al otro, como reprobándome. Yo sabía que tenía razón, pero sus gestos me atormentaban. ¿ Estaría mal que no le pagara cuando venía a cobrar? ¿ No podía sacar los ahorros para la máquina de coser de mamá? Si en realidad, nunca iríamos a comprar esa máquina ahora que habían cambiado las cosas, bien podría haber sido más cortés y darle la renta a Mme. Ford que estaba reclamándola por alguna razón real.

Una vez que se hubo retirado de la casa, quedamos aún más mustias que antes, casi con la seguridad de que venía con ese encargo porque todos conocían ya el estado en que nos encontrábamos para los demás. Era lógico. Si nos pasaba eso, ella debía asegurarse su dinero. Nadie hace beneficencia, y mucho menos con gente como nosotras.

El estado de tristeza en que nos sumimos apenas retirada Mme. Ford, se convirtió en terror. Yo tuve escalofríos, y mamá empezó a llorar, en tanto que Clarita parecía abstraída en algún pensamiento peregrino que se llevaba su conciencia a lugares olvidados. Casi tenía los ojos en blanco.

Esa visita era un pase a la desgracia. Por algo había venido a cobrar con antelación. Sabía que íbamos a morirnos pronto, dios mío, dios mío……

Después de almorzar, quisimos dar un paseo, tal vez el último. Me empeñaba en guardar en mi retina y mi alma las últimas imágenes de la normalidad. Una bicicleta, una pareja que se besa en un zaguán, dos ancianos llevando a un perrito de la correa, tan anciano como ellos……

Pensar en esas imágenes me angustiaba de tal manera, que hasta podía ver mi blusa moviéndose al compás de mi corazón, que latía frenéticamente, con un ritmo inusitado que parecía esperar una explosión oscura.

Entramos al ascensor y marcamos Planta Baja. Si íbamos a morir, al menos que sucediera en la calle, a la vista de todos, y no que quedáramos tendidas en la alfombra de nuestro piso alquilado a Mme. Ford y que nos encontraran unidas las tres en una triste e íntima putrefacción, mostrando impúdicamente una muerte de la que no formábamos parte.

Al llegar al segundo piso, el ascensor se detuvo y se cortó la luz.
Quedamos suspensas, a la espera de la restauración de la perentoria tranquilidad de que no era éste nuestro final. Sin embargo, sabíamos que lo era, pero nunca esperamos que fuese tan cruel.

Comprendimos que Mme. Ford nos había tendido una trampa y que en el edificio no quedaba nadie. Comprendimos, además, que la urgencia por cobrar la renta era para huir y para dejarnos definitivamente solas y desesperadas, luchando contra el pasado y el futuro para lograr sobrevivir.

Seguramente que la que quedaría viva iría a ser yo …..

1 comentario:

  1. El ascensor se encargó de aniquilar al pasado y le dio un justo final al futuro, obligando al presente a existir sin ataduras. Excelente querida Claudia, de todos modos me reí mucho con tu antesala a los comentarios jajajajaja qué ocurrente!!! Jajajjaja besos y me alegro que hayas vuelto.

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Deberán mentir hipócritamente si estas historias no les gustan, so pena de esperar mi saludo en la cola del supermercado y ver con desesperación que doy vuelta la cabeza, repentinamente interesada en el precio de la salsa tártara