19 de diciembre de 2010

PODRÍAS SER EMILY





En algún momento, lo sabés.

No se trata, por supuesto, de un saber canonizado ni auténtico. Es un saber a gatas, que pareciera destellar en el fondo de tu cerebro, haciendo de él un andrajo triste, pero lúcido. Luego retorna a ser el que era, porque el saber se ha marchado.
Pero vuelve y vuelve…. Y ahora lo que te produce es una angustia atroz.
Angustia por música, por historia del arte, por nombres de calles, por fotos viejas, donde aparecés joven y sin canas, más gorda o más flaca, menos dura, menos mágica, menos cosa de chicos.
No sabés bien qué elegir…. Si el saber que te alberga fantasmas posibles, temidos, monstruosos o deformados; o la angustia que te lleva a los cantos de sirenas, que también son seres monstruosos que te devoran.
Entonces te quedás inmóvil y blanca, como la muerte ajedrecista, cara de sueca, cara de mirar las nubes, pero sin soñar, sólo mirándolas, como un idiota al que lo aturden los ruidos de la calle.
Sin embargo áspirás al movimiento, a la semana trajinada. Nada peor que la quietud cuando hay vacaciones, o navidades, o fin de año o Reyes. Ves cómo todo el mundo comparte sus horarios para comprar regalos o adornos para el árbol, y lo peor es que alguna vez también vos lo hiciste, por lo que añorás.
Y, además de la angustia del saber que te paraliza, tenés nostalgia.
Nostalgia que es lo mismo que la nada. Se duele por algo que ya pasó, que no regresará, que nunca más tendrá la contundencia del suceso, como aquel vestido rojo de seda, aquel cenicero en forma de paloma color verde, aquel CD con dúos, aquel ventilador comprado cuando se cortó la luz.
Saber, angustia, nostalgia…..
Fracaso, muerte, dolor….
Sabés, además, o intuís, o preferís pensar, que esto va a pasar.
Como las heridas en tus rodillas de chica torpe en la Calle Colón. Me aguanto ahora, total después lo voy a contar como algo que ya pasó….. Ilusa, chica torpe ilusa, tenés todas las rodillas llenas de agujeros, con tierra y pedregullo.
Como tus impulsos. Hacé lo que te dicte el corazón. Aunque sea analfabeto, chica tonta ilusa, miradora de nubes en viajes largos, contadora de kilómetros cada diez cuadras.
Como tus dolores. Analgésicos, analgésicos, analgésicos. ¿qué me va a pasar? Pobre chica necia, creyente aún en la suerte, omnipotente y boba, instalada en el lugar exacto donde morirse es como si tomaras agua, tomaras un colectivo o compraras cigarrillos.
Esto no va a pasar, porque ahora sabés.

Sabés que está el cuarto con la biblioteca ,con libros y floreros, con divanes blancos y muchos vidrios que dan a la ciudad. Sabés que tenés que quedarte ahí, no asomarte, porque te vas a asustar. Muchísimo te vas a asustar del precipicio que te espera. No te asomes.
Quedate allí, sentate, sacá un libro.
Podría ser Cervantes, podría ser Cortázar, podría ser Stevenson o Chesterton. Podría ser Borges. Podrías ser Emily Dickinson, podrías ser las Brönté, podrías ser Virginia Woolf.
Podrías ser quien querés ser, pese al saber que te acorrala, que te empuja a subir, que te salva, que te abraza antes de que te asomes y, sin ver los libros, te tires al precipicio.

26 de septiembre de 2010

CUIDADO CON SANTCHUCK


El Señor Santchuck era un santurrón. Tenía un cráneo cuadrangular con unos pocos pelos entrecanos, más negros que blancos, pero que bailaban macabramente en su cabeza como si, desde que hubiese nacido, no hubiese tenido que acudir a los servicios de un coiffeur; unas cejas de Júpiter Tonante y una mirada endulzadamente torva.
Nada bueno se podía esperar de esa mirada de hurón que escudriñaba a todos, pretendiendo absorber los secretos y las debilidades de los otros, de modo de conservarlos en su haber, que a mí se me antojaba como una hucha, similar a la del viejo de la bolsa.
Pretendía, además, poseer esos secretos que nadie le había contado. para largarlos en plena conversación, por más que ésta fuese amigable, de manera que el interlocutor quedaba delante de él y del resto, como si se hubiera olvidado de ponerse ropa interior y se le vieran las vergüenzas.
Era un Tartufo, puesto que muchas buenas gentes le creían, y sólo hacía falta tener muy buena memoria para traer al presente la cantidad de jugarretas e impostaciones que hacía, estableciendo una prudente pausa entre ellas, y alternándolas con ciertas buenas acciones que provenían de su paso por un convento jesuita, lo cual, para algunas opiniones, justificaban su maldad intrínseca, y para otras, morigeraba y aún hasta ponía en duda su mala intención constante.
Todos sus comentarios con mujeres se dedicaban a su edad, su estado civil o su estado físico. Y si bien algunas reían y festejaban sus propios holocaustos sin saber de qué se trataba la diversión, otras le contestaban de un modo destemplado, mandándolo a la mierda o preguntándole, casi inocentemente:
- ¿ Qué querés decir con esa boludez, querido?-
Esas mujeres eran quienes más irritaban a Santchuck, por lo que entrecerraba sus ojitos con inquina y se juraba a sí mismo una venganza aleccionadora a las contestatarias, ya que era imposible que él hiciera lo que dictara su corazón, que hubiera sido, sin más trámite, pegarles un tiro en la frente.
De modo que el Señor Santchuk se vengaba en los hijos varones de las contestatarias, o en quienes aquellas habían depositado su amor y su confianza, o en aquellos de los que hablaban elogiosamente.
La venganza consistía, siempre, en ejercer un poder aplastante sobre los chiquilines, seres etéreos a los que apenas se les había cubierto el bozo graciosamente, o quienes quebraban su voz en una masculinidad recientemente adquirida.
El poder podía consistir en alabarlos desmedidamente de modo que ellos equivocaran su rumbo y creyeran en sus tartufadas, o en llevarlos al límite de su tolerancia, hasta estallar y quedar hechos un guiñapo sollozante frente a la injusticia de la palabra definitiva.
Porque el Señor Santchuk, las contestatarias, las que se reían de sus propias miserias; trabajaban con seres indefensos.
Seres que podían esgrimir defensas aplastantes frente a sus abusos, pero que en sus naturales desorientaciones, no lograban articular como si fuesen adultos, porque por otra parte, las maldades de Santchuck no consistían en otra cosa que un comentario, una palmada cuando no se necesitaba, un consejo que nadie había pedido, un sermón que aburría y exasperaba, haciendo uso de la ironía y la generalización, de modo que todo el mundo, mujeres y varones, quedaran incluidos en él.
Por lo tanto, sacadas del contexto en que se habían lanzado, estas intervenciones parecían anodinas, si no fuera que todos sabían en qué sentido las estaba exponiendo.
¿ De qué otro modo se puede entender que a un muchacho que no quiere abrir su corazón, le asegure que tiene un gran secreto que, a lo mejor, tiene ganas de contárselo a él, mientras el muchacho se siente descubierto en algo que, naturalmente, oculta?
¿ De qué otro modo se puede entender que a otro que tiene reacciones explosivas históricamente, lo punce de tal modo que lo haga romper una puerta de una patada y se lleve una sanción disciplinaria?
No sé hoy qué es de la vida del Señor Santchuk. Afortunadamente, pues los hombres justos lo enviaron a otros destinos, cansados ya de sus impúdicos abusos.
Pero hay que mantenerse alertas para que no aparezcan los Santchuks que amilanan, que zahieren, que aprovechan para su regodeo obsceno las vulnerabilidades de los lúcidos.
Hay que cuidarse de los Santchuks que no tienen el corazón justo y cuyas palabras son alfanjes poderosos cortadores de cabezas que nacen de la negrura de sus almas mezquinas.

15 de agosto de 2010

AL MAESTRO, CON CARIÑO (ROBERTO PABLO BARNABÉ)


Al destino le gustan las casualidades que llueven como si uno no hubiese hecho nada por merecerlas.
Creo firmemente en los destinos personales a los que uno va arribando mientras arma un rompecabezas de diez mil piezas, y cuyo último pedazo se coloca con un fervor único y personalísimo, el día en que la muerte nos saca de la lista del personal disponible.
Pero también creo en esos golpes de dados que dan tres veces generala servida de ases, sin estar cargados, sin cubiletes tramposos, y sin una fortuna especial para el juego.
Espero que se note que he citado subrepticiamente a Borges y a Mallarmé, porque lo hice completamente adrede.
Hay algo de influencias notables en esta nota, hay algo de miradas redondas desde abajo que idealizan y prometen sin saberlo:
“ Quiero ser como vos”
En mi estado de este inefable facebook, escribí: "Nada, che... ni una puta palabra", refiriéndome a que no he podido escribir sólo comentarios más o menos ingeniosos en algún enlace, de modo de recibir un satisfactorio "Me gusta" o una bienaventurada carcajada transcripta, como si una carcajada se pudiera representar con otra cosa que no fuera un sonido.
En este estado de cosas, recibí un cartelito celeste que titilando me auguraba que el hijo de Roberto Pablo Barnabé había comentado algo en un grupo llamado "Yo también fui a la Escuela Normal de Azul", o algo así, que en este afán de retorno que me lleva una y otra vez al territorio benéfico de la infancia, he ido abrevando, de tal modo que tengo amigos azuleños que no he visto nunca y que serán, además, etiquetados con emoción en esta nota.
Pablo, de quien me acuerdo perfectamente porque ambos vivíamos en la Calle Colón, se emocionó acerca de un comentario que yo hubiera puesto hacía dos o tres meses atrás recordando a su padre, quien en los años en que yo iba a esa escuela, era el Regente.
¿ Qué es ser Regente de una escuela?
¿Qué es ser maestro?
Acá comienzan a armarse las piezas del rompecabezas que me tiene con cinco ibupirac migra en el día y con una noche rarísima, en que no recuerdo el instante en que me dormí.
La última nota que escribí fue acerca del film de Sidney Poitiers "Al maestro, con cariño".
¿Cómo es posible que aquello fuera lo último que hubiera escrito, y hoy, a un día del aniversario de su muerte, se me aparezca de golpe, como entrando en el aula, como ese torbellino que recuerdo, el “Señor Barnabé”?
Tercera o cuarta pieza colocada, justo allí, donde se vislumbran ojos, una boca que se abre y dice, una mano en un picaporte intempestivamente, para provocar un temor que nadie sentía enteramente….
Van colocándose solas las piezas y rememoro….
Yo era una chica inteligente y curiosa. No era maliciosa pero tampoco tenía una gran inocencia. Tenía, sí, una gran perspicacia para captar a las buenas gentes, lo cual, afortunadamente me ha acompañado a lo largo de la vida, y desafortunadamente no me ha aligerado la existencia lo contrario.
Es que a mí el Señor Barnabé me producía una enorme alegría, con ese porte pequeño pero robusto, trajeado impecablemente, con el pelo peinado para atrás supongo hoy, con gomina, desde los cuarenta años que lo alejan de mi visión borrosa.
En aquellos años, en los que esa visión no se deshacía por el tiempo ni la emoción, yo creía que era pelado, como lo creía de mi padre. Tiempo después, al ver fotografías en las que éste luce con menos años que yo hoy, casi como un hermano menor, observo que sencillamente tenía las llamadas vulgarmente “entradas”.
Vaya a saber uno cómo lo recordarán los hijos cuando tengan cincuenta años…..
El caso es que las piezas siguen acomodándose solas y aparecen las tardes de lluvia en la escuela, en que el Señor Bernabé entraba al aula y nos enseñaba la diferencia entre la pronunciación entre la B y la V, la regla de las esdrújulas, que aún hoy recito a mis chicos, y que aún hoy arranca risas:
“En el tiempo de los apostoles, los hombres eran barbaros, se subían a los arboles y se comían los pajaros”, la diferencia sutil entre ser cortés y ser obsequioso, la marcha de San Lorenzo, la dedicación que ponía para corregir, como si se tratase de vida o muerte:
- ¿Cómo “jurando a Martes”? ¿Ustedes le juran al tercer día de la semana”?- con una reducción al absurdo sacada de su ingenio para mostrarnos que la canción de la Bandera se pronunciaba: “Jurando amarte”, y, siempre con una sonrisa bailándole en los ojos o, inclusive, el trato que debíamos guardar las señoritas frente a los varones, nunca jamás como sumisas estúpidas, sino como dignas damas a las que aquellos sólo podían aspirar.
El Señor Bernabé enseñaba matemática, literatura, historia, geografía, arte, juegos, como quien enseña a caminar a un niño de pocos años.
Todo surgía de sí con una autenticidad que mezclaba la autoridad natural que poseía con un humor divertidísimo, por que sabía que la infancia es el instante justo en el que los hombres logran ser mejores porque el señor Bernabé se mete rápidamente en una ronda de niñas y canta, saltando en el patio rectangular de la Escuela Normal , “Buenos días su señoría, mantantirulirulá” y una vez que desbarata la ronda, toma mágicamente una manito y la coloca para que se estreche con aquella que nadie quería tomar porque tenía tristes y solitarias verrugas, mientras se va como un ligero saltimbanqui a buscar manos que no quieren ser estrechadas por los niños crueles.
Y así, jugando, enseñaba valores excelsos como la fraternidad.
Piezas colocadas ahora volando sobre el patio de la Escuela Normal y entonces entender….
El destino no es tan caprichoso, el azar a veces no es sólo un golpe de dados.
Y algunos seres humanos sí son imprescindibles.
Y a veces, la felicidad es bastante parecida a recordar a un gran hombre al que se le ocurre entrar a una ronda de niñas para enseñar que todas las manos tienen cinco dedos y una palma.
Y que no hay nada mejor que estrecharlas…..

26 de junio de 2010

AZCONA Y LAS HIENAS DE HOJALATA


Azcona era inteligente, creativo, buen profe de plástica. Trabajábamos juntos en una escuela de Florencio Varela, donde empecé.
Yo era muy joven y muy poderosa. Porque ahora era profe, y entendía por fin que allí estaba mi lugar en el mundo.
Nos hicimos muy amigos, porque era sensible, divertido, cariñoso..... Los chicos lo miraban como a un bicho raro, acaso por su pelo anaranjado furioso y sus ojos increíblemente celestes. O por sus modos en exceso cordiales de dirigirse a ellos, quienes estaban más acostumbrados al trato de los profesores de Taller, todos masculinos, groseros y con signos de no haberse bañado ese día. En esos modos a los que estaban tan acostumbrados no faltaba nunca el "Dale, negro, andá a comprarme cigarrillos al kioskito de enfrente". Y el "negro", que tenía 14 años y se sentía un protagonista en la vida del profe que tenía un Renault 12 y que vivía en el centro de Quilmes, salía corriendo con peligro de que lo arrollara un colectivo.
Azcona jamás hizo semejante cosa.
Él les enseñaba arte, y llevaba al colegio reproducciones de Miró, de Dalí, de Brueghel, que dejaba a los chicos con los ojos y la boca abiertos, reflexionando en voz alta: " Chaaaaau, qué alucinante". Él los llevaba, junto conmigo y con Lidia, mi compañera, al Centro Cultural Recoleta en tren y subte, para que vieran una muestra interactiva donde exponían Clorindo Testa, Marta Minujin y otros más que no recuerdo, pero que aquellos chicos, hoy de treinta y pico de años, seguro que sí.
Tampoco se llevaba a su casa cuatro o cinco sandwiches de mortadela como los demás, la merienda de los chicos, que el Director, en vez de repartir los sobrantes entre ellos, lo hacía entre los profes, de modo que tuvieran la cena resuelta los dueños de Renault 12, y habitantes de una cómoda casa cuya cocina tenía azulejos con manzanitas.
En los recreos, mientras los varoniles profesores de Taller se reían de la falta de habilidad de "estos negros" para hacer una budinera de hojalata, Azcona nos comentaba a Lidia y a mí que Quique, el asmático, había dibujado un dragón saliendo de un huevo que era impresionante. Y que él le había pedido que lo pintara, pero como Quique no tenía lápices de colores, él le había traído sus Caran d´Ache, que habían sido devueltos al día siguiente con la correción de un caballero inglés.
Azcona, además, pintaba.
Pintaba frutas. Bellas frutas de colores exagerados, como el celeste de sus ojos y el anaranjado de su pelo, como el verde de sus pantalones y el amarillo de su campera.
A veces exponía, otras veces los vendía entre sus amigos.
Los viriles profesores de Taller sólo se dirigían a Azcona para hacerle preguntas impúdicas y soeces mientras se guiñaban un ojo entre ellos y fingían disimular la risa saliendo para la puerta tapándose la boca con las manos. La boca sucia y deshonesta, la boca inútil, la que nunca decía cosas interesantes, ni cordiales. Esa boca se tapaban, mientras los más burlones lo inquirían:
- Che, Azcona.... lo que más te gusta pintar es la banana, no?-
Y el ruido, el aullido de las risas frente a la cara de Azcona que pintaba bellas frutas y les llevaba a los chicos reporducciones de Brueghel.
-¿ O berenjenas?-
Y las hienas caminando agazapadas frente a la presa que no se defendía. Sólo sonreía y respondía a sus preguntas, con los ojos muy celestes, con las manos delicadas de artista, con sus hojas número 6 llenas de dibujos coloridos de los que iban a comprarle cigarrillos al profesor que tenía un Renault 12 al que trataba con más afecto que a otro ser humano.
-¿ Y de qué color las pintás, Azcona? ¿Rosadas?.... A las bananas, digo.....- y más estruendo de risotadas de hienas, de cuervos, de mediocres, de estúpidos mediocres que seducían a las jovencitas más avispadas , mandaban a comprar cigarrillos y les robaban a los chicos los sandwiches de mortadela que mandaba el Consejo Escolar.
Un día, Azcona renunció.
Y ellos, los abusadores de poder, los ladronzuelos, los simios semianalfabetos, se preguntaron ese martes:
- Uh... renunció Azcona. ¿Y ahora de quién nos vamos a cagar de risa?-

24 de junio de 2010

algunos poemas minúsculos


I- El escritorio

Desde su sitial, con el ceño lleno de sombra,
no era aquél
no lo era....
¿El que tenía la voz de Zein Alazman?
¿El que ponía los ojos de Mandinga?
No... No era
La miraba, y ella iba sintiendo
que se iba transformando en agua,
en un objetito callado,
que su peinado era inoportuno
porque...
¿Cómo peinarse para ir a pedir perdón?
¿Cómo mirar?
¿Cómo atreverse a decir que no, que no quiso, que le salió,
que ojalá no hubiese sucedido lo que ya ni recuerda?
Él la miraba, y ella se perdía en los lomos de los libros
que, como lobos australes,
vigilaban que no se moviera del asiento
en el que sus piernitas colgaban
y después, sólo después,
le hormigueaban
"La carga de la Prueba",
" La España Musulmana"
" Vidas Paralelas"
y ella ya no lo escuchaba,
sólo necesitaba
salir de allí,
aplastarse como las flores en medio de las páginas
desaparecer
no haber sido nunca
y entonces,
entonces lo decía.
Pero....
" Vaya hija, usted no está verdaderamente arrepentida"




II- Presente imperfecto compuesto

Esos dos
que ahora no se conocen
se han incriminado en lesiones
en los limites moribundos del horror
han caminado el túnel lóbrego
de un tren fantasma
que la kermesse olvidó de retirar
han mirado un espejo quebrado
por el golpe solitario e inútilmente teatral
de un zapato
contra el azogue.

Pero esos dos
conocieron menos palabras de alfanjes certeros
cuyo hundimiento significaba errar como un ciego
supieron no haber torpemente triunfado
vociferando,
mientras la soga
se iba anudando, como una serpiente,
en el cuello.

III- Papeles de recién nacida

A despertarme en un ataúd
acolchado, de colores tenues
que nadie puede mirar
sólo yo porque estoy de ese lado
A escuchar el relato de
la muerte lenta y agónica
que los ahorcados cuentan
en el Infierno
A ser condenada a muerte
y quedarme hasta el fin de la sentencia
sin haber entendido que era
mi propio nombre el que sonaba
A ver el espejo redondo
perfecto
y monstruoso
de la verdad sobre mi propia vida
A cartearme con engendros
que llegan caminando desde el más allá
y me recuerdan
los hechos más vergonzosos de mi historia
aquella maldad, aquel acto innoble
aquel dicterio contra la naturaleza misma del amor
A comprender,
en el ataúd, en el Infierno, en la sentencia
en el espejo, en las cartas
en lo hechos
que yo y sólo yo
puedo ser quien libere el desatino.....

IV- poema en minúscula

chicas con hot pants
bailando en cronopio
(todo con minúscula,
porque es en voz muy baja)
naranjas reventadas
abajo de las ruedas de Peugeots 404
bombitas de agua sólo a la siesta
espuma en los ojos antes de la medianoche
chicos que escuchan discos en garages
y leen las tapas, y buscan ser Fogerty,
y creen que esa tarde en el asalto
van a sacarla a bailar
por lo que se perfuman con Krandall´s
y se ponen una Lacoste y un pantalón
de Eduardo Sport
y a veces, sólo a veces,
se engominan el pelo peinado para atrás
(suenan ametralladoras, suenan bombas,
hay olor a muerte fresca,
pero ellos son aún inocentes
y creen que el más atroz malvado
es Nicola, o Dispinzieri, o Vapore....)

¿qué tiempo es el tiempo que nos llevó
de la ciudad de nombre soñador
a la ciudad de los muertos con esquirlas?
¿qué cometa, qué eclipse de sol, qué fin del mundo
nos tabicó,
nos trasladó,
nos liberó tras la feroz tortura?
¿por qué no gritamos?

El tiempo es un monstruo voraz
que se ríe
desde el fondo oscuro del espejo

16 de junio de 2010

JUAN DE LA COSA


Pasa por las veredas extrañas de la Plaza, y ve a una nena que, llena de cuadernos, va a Inglés.
Es una nena extraña, con una colita prolijamente armada con dos bolitas transparentes rojas. Parece que está siendo protagonista de una película, porque salta y canta las canciones de "Melody", que ha visto en el Cine Universal, cuyo resultado desastroso fue creer que Londres era mucho más lindo que Azul o que Mark Lester debería vivir cerca de su casa e ir con ella a la escuela.
Le dan ganas de decirle que Mark Lester no hizo nunca más una película como "Melody", que luego se puso desgarbado y que nunca más se supo de él, pero la nena de pronto aparece con un pantalón de piel de durazno rosado y una remera celeste. Ya no tiene la colita. Ahora le cae un pelo casi colorado y tiene muchas pecas.
Se ha enamorado.
Pero ahora, de un ser humano de verdad, que nada en el club, rema, corre, y se junta con los chicos más populares. Tiene dos años más que ella, pero ni la mira.
Y la coloradita va ahora a las siete de la tarde a Juan de la Cosa, junto con sus amigas, a tomar gaseosas y fumar, mientras hacen un juego rarísimo en el que deben hacer caer una moneda quemando una servilleta arriba de un vaso, pegada con saliva.
O, una vez encendido el cigarrillo, manosear el filtro para ver qué letra les sale.
Tampoco le dice que la letra que le sale, que es siempre una G, no es de Guillermo.
La chiquilina con pecas y pelo lamido escucha cómo sus amigos le aseguran como si se tratara de una verdad revelada, que él la mira siempre que están en el club, y ahí mismo, en Juan de la Cosa.
Ella pretende advertirle que no es necesario exponerse de ese modo, porque le ha tomado una ternura urgente. Le hace acordar a su hija, a sus alumnas.
Hay algo diferente entre éstas, su hija y la muchachita. Se le antoja más desvalida, más sola en sus curiosidades, bastante más lastimada.
Alberto Uhalde le dice que él es amigo íntimo del chico a quien la pecosita ama, y que le va a preguntar como cosa de él si.....
No lo hagas, piensa ella.... Pero la chica se entusiasma, y entendiendo que se está jugando la vida, le da el visto bueno a Alberto Uhalde, que con catorce años, ya toma whisky, nació en noviembre como ella, y las madres los llevaban en los cochecitos juntos al club, por lo que confiar en él es como confiar en su hermano.
Ve cómo las amigas le hacen un extraño rito de espera de lo que será algo así como la entrada al paraíso cuando Albertito venga con la noticia de que Guillermo la ama tanto como ella, por lo que serán novios para siempre.
¿Para qué hiciste eso?- quiere preguntarle..... pero la chica ya está viendo que Alberto Uhalde pasa para la puerta de Juan de la Cosa como un detective en misión secreta, y que ante sus ojos interrogantes y suspicaces de la respuesta , él hace un gesto negativo con la cabeza.
Tiene muchas ganas de abrazarla, porque adivina que Claudia tiene ganas de llorar. Pero la ve que comienza a reír con las amigas, olvidando el suceso y buscando otras caras que mirar, por lo que se retira, mientras la chica lee el papelito que le ha aparecido en la mano:
Vas a ser muy feliz, te lo prometo.......

22 de mayo de 2010

INFORMES PRESTIGIOSOS


Dieguito es pequeño. No debe medir más de 1m.50. Tiene gestos de niño, manitos de armadillo asustado, y una voz desafinada que pugna por volverse grave, pero que si suena en el teléfono, es confundida con la de su madre.
Tiene catorce años, pero parece tener once.
Sistemáticamente, año a año, sus compañeros han crecido.
Nicolás hace remo, y está formando sus músculos del brazo. Enzo juega fútbol, por lo que sus piernas se han fortalecido, asomando en ellas, además, un vello suave que las cubre. Juan Cruz ha besado a una chica, Agustín ganó una medalla en salto en alto. Ignacio se ha puesto un piercing.
Pero Dieguito recién ha aprendido a atarse los cordones sin ayuda hace tres años, ha cruzado la calle sin peligro de ser arrollado por un auto desde hace un año, y ha dejado de ver super héroes japoneses este verano.
Siempre le ha ido mal en el colegio.
Sus padres están agotados de escuchar informes de todo lo que Dieguito no puede hacer.
Desde que empezó la escuela, han escuchado de sus maestros que no puede decir los colores, no puede escribir su nombre, no puede copiar del pizarrón, no puede terminar sus tareas, no puede comprender, no puede hacer cuatro operaciones matemáticas.
Y entonces sus padres consultan qué hacer en instancias mayores.
Despiertan a Dieguito a las ocho durante todos los días del verano para ir a la psicóloga, a la psicopedagoga, al neurólogo, y a las maestras particulares que mientras lo dejan calculando en una hoja cuadriculada y solitaria, se ocupan de otras cosas.
Luego, cobran su hora.
Pero él no crece, no tiene voz de hombre, no rema en el club, no mira a las chicas, no se ata los cordones.
Dieguito entra a la Secundaria, y el problema se agrava.
Su madre envidia a las otras mujeres que se quejan de que sus hijos “son capaces pero vagos, así que ahora los van a matar y los van a dejar sin play, sin computadora y sin salir.”
¿Qué va a hacer ella con Dieguito que ha estudiado durante dos meses todos los cuentos que ha dado la profe de Literatura y no se acuerda ni siquiera de haberlos leído? ¿Qué puede sacarle como castigo? ¿Las series japonesas que mira por Televisión?
Entonces deciden seriamente consultar con una Institución prestigiosa, cuyo equipo de profesionales observa al chico, lo citan varias veces en tres meses y dan su veredicto.
“ En resumen, Diego es un niño de catorce años quien fue derivado a T.O por la Doctora Barreda, para recibir una evaluación con el fin de conocer su perfil ocupacional.
Acorde a los datos obtenidos a lo largo de esta evaluación, …..desempeño ocupacional diario levemente descendido ……. cuidado personal en cuanto a la cantidad de asistencia que necesita.
Así mismo, su desempeño y participación escolar ….. descendidos en relación a lo esperado para su edad, …….. dificultad en la legibilidad y velocidad de su escritura manual…… temeroso…. Estos niños…. Suelen…. Exposición….tratamiento de …. Frecuencia…. Tiempo de observación…. Especial…..”
Resulta imposible leer de corrido la devolución de los exámenes de Dieguito. Sus padres quedan anonadados, abrumados y culpables de haberlo expuesto a la presión de ser como los demás.

Sin embargo, Dieguito pasa de año, porque un informe de este tipo logra que los profesores y la Escuela decidan que, aunque no escriba ni una sola palabra, tendrá un cuatro en los reiterados exámenes de diciembre o febrero a los que acude con una regularidad estoica, siempre sonriente.
Y en tercer año se encuentra con la profesora más dura que pudo haber encontrado.
Es una mujer con formación clásica que da clases expositivas con un caudal de información que deja a sus alumnos siempre con la idea de que ella ha sido contemporánea de lo que explica.
Todos en el Colegio dicen que es excesivamente exigente y que las lecturas que encomienda son indescifrables.
Dieguito y sus padres se preguntan cómo hará este año para leer lo que pretende esta mujer, de acuerdo al informe de la Institución prestigiosa.
Los nombres solamente asustan: Aristóteles, sofistas, Platón, mitologema, Escila y Caribdis, Gens Iulia, Romanticismo Social, Teatro isabelino manierista…..
Esta mujer es soberbia, y muchas veces ha descreído de informes , guiándose exclusivamente por su olfato y por su experiencia.
Hay algo en la sonrisa del chico que la convoca, y le exige más. Habla con la madre, le escribe en el cuaderno de comunicados, la emplaza para que lo ayude en la lectura de resúmenes que ella misma prepara.
Y al fin del trimestre, Dieguito llega a un 6,66 de promedio.
Ella siente que ha cometido un error, puesto que le ha encargado una lección para llegar al siete, y él ya lo tenía. Se piensa omnipotente y que ha lastimado a un ser vulnerable, que necesitaba otras respuestas.
Pasa el peor fin de semana de su vida. No puede sacarse de la cabeza la sonrisa infantil y la idea de que debería haber chequeado, debería haber sacado bien sus cálculos.
Cree que la madre llegará de improviso a pedirle cuentas por no haber reconocido el esfuerzo familiar y que tendrá con ella un enfrentamiento.
Ha tenido jaquecas, insomnio y un extraño vacío e el estómago que provocó discusiones en su casa, invectivas a sus hijos y un raro silencio en el que se sumió antes de entrar al aula de Tercero C, el día del examen.
Ella es honesta, por lo que cuando llega a su nombre le dice displicentemente:
- Dieguito, vos llegás al 6,66, por lo tanto ya tendrías el 7 – y después de una pausa, se le ocurre algo. – Fijate cómo creo que ya sos un hombre, que te voy a dejar elegir de acuerdo a tu buen tino…. ¿Considerás que tu desempeño en el trimestre amerita que no rindas, o creés que deberías sostener ese 6,66 y no dejarlo en la mediocridad, dando una lección que me deje pasmada?-
Dieguito sonríe (siempre sonríe), y como el día que pasó el cordón derecho sobre el izquierdo comienza con una voz diferente:

“La tragedia griega proviene de los ditirambos, que eran himnos en honor al Dios Dyonisos, el dios de la fecundidad, del vino y del desenfreno…..

Cuando termina de hablar, ella mira por encima de sus anteojos a los compañeros que han quedado suspensos, y desafiando todas las leyes de la pedagogía moderna, sólo les aconseja:

- Aprendan-