26 de junio de 2010

AZCONA Y LAS HIENAS DE HOJALATA


Azcona era inteligente, creativo, buen profe de plástica. Trabajábamos juntos en una escuela de Florencio Varela, donde empecé.
Yo era muy joven y muy poderosa. Porque ahora era profe, y entendía por fin que allí estaba mi lugar en el mundo.
Nos hicimos muy amigos, porque era sensible, divertido, cariñoso..... Los chicos lo miraban como a un bicho raro, acaso por su pelo anaranjado furioso y sus ojos increíblemente celestes. O por sus modos en exceso cordiales de dirigirse a ellos, quienes estaban más acostumbrados al trato de los profesores de Taller, todos masculinos, groseros y con signos de no haberse bañado ese día. En esos modos a los que estaban tan acostumbrados no faltaba nunca el "Dale, negro, andá a comprarme cigarrillos al kioskito de enfrente". Y el "negro", que tenía 14 años y se sentía un protagonista en la vida del profe que tenía un Renault 12 y que vivía en el centro de Quilmes, salía corriendo con peligro de que lo arrollara un colectivo.
Azcona jamás hizo semejante cosa.
Él les enseñaba arte, y llevaba al colegio reproducciones de Miró, de Dalí, de Brueghel, que dejaba a los chicos con los ojos y la boca abiertos, reflexionando en voz alta: " Chaaaaau, qué alucinante". Él los llevaba, junto conmigo y con Lidia, mi compañera, al Centro Cultural Recoleta en tren y subte, para que vieran una muestra interactiva donde exponían Clorindo Testa, Marta Minujin y otros más que no recuerdo, pero que aquellos chicos, hoy de treinta y pico de años, seguro que sí.
Tampoco se llevaba a su casa cuatro o cinco sandwiches de mortadela como los demás, la merienda de los chicos, que el Director, en vez de repartir los sobrantes entre ellos, lo hacía entre los profes, de modo que tuvieran la cena resuelta los dueños de Renault 12, y habitantes de una cómoda casa cuya cocina tenía azulejos con manzanitas.
En los recreos, mientras los varoniles profesores de Taller se reían de la falta de habilidad de "estos negros" para hacer una budinera de hojalata, Azcona nos comentaba a Lidia y a mí que Quique, el asmático, había dibujado un dragón saliendo de un huevo que era impresionante. Y que él le había pedido que lo pintara, pero como Quique no tenía lápices de colores, él le había traído sus Caran d´Ache, que habían sido devueltos al día siguiente con la correción de un caballero inglés.
Azcona, además, pintaba.
Pintaba frutas. Bellas frutas de colores exagerados, como el celeste de sus ojos y el anaranjado de su pelo, como el verde de sus pantalones y el amarillo de su campera.
A veces exponía, otras veces los vendía entre sus amigos.
Los viriles profesores de Taller sólo se dirigían a Azcona para hacerle preguntas impúdicas y soeces mientras se guiñaban un ojo entre ellos y fingían disimular la risa saliendo para la puerta tapándose la boca con las manos. La boca sucia y deshonesta, la boca inútil, la que nunca decía cosas interesantes, ni cordiales. Esa boca se tapaban, mientras los más burlones lo inquirían:
- Che, Azcona.... lo que más te gusta pintar es la banana, no?-
Y el ruido, el aullido de las risas frente a la cara de Azcona que pintaba bellas frutas y les llevaba a los chicos reporducciones de Brueghel.
-¿ O berenjenas?-
Y las hienas caminando agazapadas frente a la presa que no se defendía. Sólo sonreía y respondía a sus preguntas, con los ojos muy celestes, con las manos delicadas de artista, con sus hojas número 6 llenas de dibujos coloridos de los que iban a comprarle cigarrillos al profesor que tenía un Renault 12 al que trataba con más afecto que a otro ser humano.
-¿ Y de qué color las pintás, Azcona? ¿Rosadas?.... A las bananas, digo.....- y más estruendo de risotadas de hienas, de cuervos, de mediocres, de estúpidos mediocres que seducían a las jovencitas más avispadas , mandaban a comprar cigarrillos y les robaban a los chicos los sandwiches de mortadela que mandaba el Consejo Escolar.
Un día, Azcona renunció.
Y ellos, los abusadores de poder, los ladronzuelos, los simios semianalfabetos, se preguntaron ese martes:
- Uh... renunció Azcona. ¿Y ahora de quién nos vamos a cagar de risa?-

24 de junio de 2010

algunos poemas minúsculos


I- El escritorio

Desde su sitial, con el ceño lleno de sombra,
no era aquél
no lo era....
¿El que tenía la voz de Zein Alazman?
¿El que ponía los ojos de Mandinga?
No... No era
La miraba, y ella iba sintiendo
que se iba transformando en agua,
en un objetito callado,
que su peinado era inoportuno
porque...
¿Cómo peinarse para ir a pedir perdón?
¿Cómo mirar?
¿Cómo atreverse a decir que no, que no quiso, que le salió,
que ojalá no hubiese sucedido lo que ya ni recuerda?
Él la miraba, y ella se perdía en los lomos de los libros
que, como lobos australes,
vigilaban que no se moviera del asiento
en el que sus piernitas colgaban
y después, sólo después,
le hormigueaban
"La carga de la Prueba",
" La España Musulmana"
" Vidas Paralelas"
y ella ya no lo escuchaba,
sólo necesitaba
salir de allí,
aplastarse como las flores en medio de las páginas
desaparecer
no haber sido nunca
y entonces,
entonces lo decía.
Pero....
" Vaya hija, usted no está verdaderamente arrepentida"




II- Presente imperfecto compuesto

Esos dos
que ahora no se conocen
se han incriminado en lesiones
en los limites moribundos del horror
han caminado el túnel lóbrego
de un tren fantasma
que la kermesse olvidó de retirar
han mirado un espejo quebrado
por el golpe solitario e inútilmente teatral
de un zapato
contra el azogue.

Pero esos dos
conocieron menos palabras de alfanjes certeros
cuyo hundimiento significaba errar como un ciego
supieron no haber torpemente triunfado
vociferando,
mientras la soga
se iba anudando, como una serpiente,
en el cuello.

III- Papeles de recién nacida

A despertarme en un ataúd
acolchado, de colores tenues
que nadie puede mirar
sólo yo porque estoy de ese lado
A escuchar el relato de
la muerte lenta y agónica
que los ahorcados cuentan
en el Infierno
A ser condenada a muerte
y quedarme hasta el fin de la sentencia
sin haber entendido que era
mi propio nombre el que sonaba
A ver el espejo redondo
perfecto
y monstruoso
de la verdad sobre mi propia vida
A cartearme con engendros
que llegan caminando desde el más allá
y me recuerdan
los hechos más vergonzosos de mi historia
aquella maldad, aquel acto innoble
aquel dicterio contra la naturaleza misma del amor
A comprender,
en el ataúd, en el Infierno, en la sentencia
en el espejo, en las cartas
en lo hechos
que yo y sólo yo
puedo ser quien libere el desatino.....

IV- poema en minúscula

chicas con hot pants
bailando en cronopio
(todo con minúscula,
porque es en voz muy baja)
naranjas reventadas
abajo de las ruedas de Peugeots 404
bombitas de agua sólo a la siesta
espuma en los ojos antes de la medianoche
chicos que escuchan discos en garages
y leen las tapas, y buscan ser Fogerty,
y creen que esa tarde en el asalto
van a sacarla a bailar
por lo que se perfuman con Krandall´s
y se ponen una Lacoste y un pantalón
de Eduardo Sport
y a veces, sólo a veces,
se engominan el pelo peinado para atrás
(suenan ametralladoras, suenan bombas,
hay olor a muerte fresca,
pero ellos son aún inocentes
y creen que el más atroz malvado
es Nicola, o Dispinzieri, o Vapore....)

¿qué tiempo es el tiempo que nos llevó
de la ciudad de nombre soñador
a la ciudad de los muertos con esquirlas?
¿qué cometa, qué eclipse de sol, qué fin del mundo
nos tabicó,
nos trasladó,
nos liberó tras la feroz tortura?
¿por qué no gritamos?

El tiempo es un monstruo voraz
que se ríe
desde el fondo oscuro del espejo

16 de junio de 2010

JUAN DE LA COSA


Pasa por las veredas extrañas de la Plaza, y ve a una nena que, llena de cuadernos, va a Inglés.
Es una nena extraña, con una colita prolijamente armada con dos bolitas transparentes rojas. Parece que está siendo protagonista de una película, porque salta y canta las canciones de "Melody", que ha visto en el Cine Universal, cuyo resultado desastroso fue creer que Londres era mucho más lindo que Azul o que Mark Lester debería vivir cerca de su casa e ir con ella a la escuela.
Le dan ganas de decirle que Mark Lester no hizo nunca más una película como "Melody", que luego se puso desgarbado y que nunca más se supo de él, pero la nena de pronto aparece con un pantalón de piel de durazno rosado y una remera celeste. Ya no tiene la colita. Ahora le cae un pelo casi colorado y tiene muchas pecas.
Se ha enamorado.
Pero ahora, de un ser humano de verdad, que nada en el club, rema, corre, y se junta con los chicos más populares. Tiene dos años más que ella, pero ni la mira.
Y la coloradita va ahora a las siete de la tarde a Juan de la Cosa, junto con sus amigas, a tomar gaseosas y fumar, mientras hacen un juego rarísimo en el que deben hacer caer una moneda quemando una servilleta arriba de un vaso, pegada con saliva.
O, una vez encendido el cigarrillo, manosear el filtro para ver qué letra les sale.
Tampoco le dice que la letra que le sale, que es siempre una G, no es de Guillermo.
La chiquilina con pecas y pelo lamido escucha cómo sus amigos le aseguran como si se tratara de una verdad revelada, que él la mira siempre que están en el club, y ahí mismo, en Juan de la Cosa.
Ella pretende advertirle que no es necesario exponerse de ese modo, porque le ha tomado una ternura urgente. Le hace acordar a su hija, a sus alumnas.
Hay algo diferente entre éstas, su hija y la muchachita. Se le antoja más desvalida, más sola en sus curiosidades, bastante más lastimada.
Alberto Uhalde le dice que él es amigo íntimo del chico a quien la pecosita ama, y que le va a preguntar como cosa de él si.....
No lo hagas, piensa ella.... Pero la chica se entusiasma, y entendiendo que se está jugando la vida, le da el visto bueno a Alberto Uhalde, que con catorce años, ya toma whisky, nació en noviembre como ella, y las madres los llevaban en los cochecitos juntos al club, por lo que confiar en él es como confiar en su hermano.
Ve cómo las amigas le hacen un extraño rito de espera de lo que será algo así como la entrada al paraíso cuando Albertito venga con la noticia de que Guillermo la ama tanto como ella, por lo que serán novios para siempre.
¿Para qué hiciste eso?- quiere preguntarle..... pero la chica ya está viendo que Alberto Uhalde pasa para la puerta de Juan de la Cosa como un detective en misión secreta, y que ante sus ojos interrogantes y suspicaces de la respuesta , él hace un gesto negativo con la cabeza.
Tiene muchas ganas de abrazarla, porque adivina que Claudia tiene ganas de llorar. Pero la ve que comienza a reír con las amigas, olvidando el suceso y buscando otras caras que mirar, por lo que se retira, mientras la chica lee el papelito que le ha aparecido en la mano:
Vas a ser muy feliz, te lo prometo.......

22 de mayo de 2010

INFORMES PRESTIGIOSOS


Dieguito es pequeño. No debe medir más de 1m.50. Tiene gestos de niño, manitos de armadillo asustado, y una voz desafinada que pugna por volverse grave, pero que si suena en el teléfono, es confundida con la de su madre.
Tiene catorce años, pero parece tener once.
Sistemáticamente, año a año, sus compañeros han crecido.
Nicolás hace remo, y está formando sus músculos del brazo. Enzo juega fútbol, por lo que sus piernas se han fortalecido, asomando en ellas, además, un vello suave que las cubre. Juan Cruz ha besado a una chica, Agustín ganó una medalla en salto en alto. Ignacio se ha puesto un piercing.
Pero Dieguito recién ha aprendido a atarse los cordones sin ayuda hace tres años, ha cruzado la calle sin peligro de ser arrollado por un auto desde hace un año, y ha dejado de ver super héroes japoneses este verano.
Siempre le ha ido mal en el colegio.
Sus padres están agotados de escuchar informes de todo lo que Dieguito no puede hacer.
Desde que empezó la escuela, han escuchado de sus maestros que no puede decir los colores, no puede escribir su nombre, no puede copiar del pizarrón, no puede terminar sus tareas, no puede comprender, no puede hacer cuatro operaciones matemáticas.
Y entonces sus padres consultan qué hacer en instancias mayores.
Despiertan a Dieguito a las ocho durante todos los días del verano para ir a la psicóloga, a la psicopedagoga, al neurólogo, y a las maestras particulares que mientras lo dejan calculando en una hoja cuadriculada y solitaria, se ocupan de otras cosas.
Luego, cobran su hora.
Pero él no crece, no tiene voz de hombre, no rema en el club, no mira a las chicas, no se ata los cordones.
Dieguito entra a la Secundaria, y el problema se agrava.
Su madre envidia a las otras mujeres que se quejan de que sus hijos “son capaces pero vagos, así que ahora los van a matar y los van a dejar sin play, sin computadora y sin salir.”
¿Qué va a hacer ella con Dieguito que ha estudiado durante dos meses todos los cuentos que ha dado la profe de Literatura y no se acuerda ni siquiera de haberlos leído? ¿Qué puede sacarle como castigo? ¿Las series japonesas que mira por Televisión?
Entonces deciden seriamente consultar con una Institución prestigiosa, cuyo equipo de profesionales observa al chico, lo citan varias veces en tres meses y dan su veredicto.
“ En resumen, Diego es un niño de catorce años quien fue derivado a T.O por la Doctora Barreda, para recibir una evaluación con el fin de conocer su perfil ocupacional.
Acorde a los datos obtenidos a lo largo de esta evaluación, …..desempeño ocupacional diario levemente descendido ……. cuidado personal en cuanto a la cantidad de asistencia que necesita.
Así mismo, su desempeño y participación escolar ….. descendidos en relación a lo esperado para su edad, …….. dificultad en la legibilidad y velocidad de su escritura manual…… temeroso…. Estos niños…. Suelen…. Exposición….tratamiento de …. Frecuencia…. Tiempo de observación…. Especial…..”
Resulta imposible leer de corrido la devolución de los exámenes de Dieguito. Sus padres quedan anonadados, abrumados y culpables de haberlo expuesto a la presión de ser como los demás.

Sin embargo, Dieguito pasa de año, porque un informe de este tipo logra que los profesores y la Escuela decidan que, aunque no escriba ni una sola palabra, tendrá un cuatro en los reiterados exámenes de diciembre o febrero a los que acude con una regularidad estoica, siempre sonriente.
Y en tercer año se encuentra con la profesora más dura que pudo haber encontrado.
Es una mujer con formación clásica que da clases expositivas con un caudal de información que deja a sus alumnos siempre con la idea de que ella ha sido contemporánea de lo que explica.
Todos en el Colegio dicen que es excesivamente exigente y que las lecturas que encomienda son indescifrables.
Dieguito y sus padres se preguntan cómo hará este año para leer lo que pretende esta mujer, de acuerdo al informe de la Institución prestigiosa.
Los nombres solamente asustan: Aristóteles, sofistas, Platón, mitologema, Escila y Caribdis, Gens Iulia, Romanticismo Social, Teatro isabelino manierista…..
Esta mujer es soberbia, y muchas veces ha descreído de informes , guiándose exclusivamente por su olfato y por su experiencia.
Hay algo en la sonrisa del chico que la convoca, y le exige más. Habla con la madre, le escribe en el cuaderno de comunicados, la emplaza para que lo ayude en la lectura de resúmenes que ella misma prepara.
Y al fin del trimestre, Dieguito llega a un 6,66 de promedio.
Ella siente que ha cometido un error, puesto que le ha encargado una lección para llegar al siete, y él ya lo tenía. Se piensa omnipotente y que ha lastimado a un ser vulnerable, que necesitaba otras respuestas.
Pasa el peor fin de semana de su vida. No puede sacarse de la cabeza la sonrisa infantil y la idea de que debería haber chequeado, debería haber sacado bien sus cálculos.
Cree que la madre llegará de improviso a pedirle cuentas por no haber reconocido el esfuerzo familiar y que tendrá con ella un enfrentamiento.
Ha tenido jaquecas, insomnio y un extraño vacío e el estómago que provocó discusiones en su casa, invectivas a sus hijos y un raro silencio en el que se sumió antes de entrar al aula de Tercero C, el día del examen.
Ella es honesta, por lo que cuando llega a su nombre le dice displicentemente:
- Dieguito, vos llegás al 6,66, por lo tanto ya tendrías el 7 – y después de una pausa, se le ocurre algo. – Fijate cómo creo que ya sos un hombre, que te voy a dejar elegir de acuerdo a tu buen tino…. ¿Considerás que tu desempeño en el trimestre amerita que no rindas, o creés que deberías sostener ese 6,66 y no dejarlo en la mediocridad, dando una lección que me deje pasmada?-
Dieguito sonríe (siempre sonríe), y como el día que pasó el cordón derecho sobre el izquierdo comienza con una voz diferente:

“La tragedia griega proviene de los ditirambos, que eran himnos en honor al Dios Dyonisos, el dios de la fecundidad, del vino y del desenfreno…..

Cuando termina de hablar, ella mira por encima de sus anteojos a los compañeros que han quedado suspensos, y desafiando todas las leyes de la pedagogía moderna, sólo les aconseja:

- Aprendan-

26 de abril de 2010

RECUERDOS DE BOSSA NOVA


Era evidente que el año 70 no iba a traer para la Argentina tan sólo la caída de Onganía.
Para mi familia trajo aires renovados, que se traducían en discos simples de Pedro y Pablo escuchados por mis padres con énfasis en reuniones ahumadas de amigos.
Finalmente, no tenían más que 40 años, por lo cual ahora, con casi diez años más que ellos, comprendo ese ahínco por no perder el tren de la juventud, acto desesperado que, a la postre, les salió bastante bien.
En esos raptus de modernidad, mis padres salían con amigos en las noches de Azul, o los recibían en mi casa, mandándonos a los niños a dormir con el previo saludo a los huéspedes casi a la manera de los Von Trapp.
Sus amistades, por otro lado, se hacían cada vez más sofisticadas, más izquierdistas y revolucionarias, pero con un dejo mundano que se encarnaba especialmente en la figura de María Olinda Alves de Soûza de Aredes, una brasileña esposa de un hacendado, cuyo matrimonio, obviamente, no prosperó.
Nunca supe bien cómo era posible que una diosa carioca como María Olinda se hubiese fijado en Aredes, pero así y todo tuvieron dos hijos a los que les enseñé a leer de corrido mientras jugaba a la maestra.
María Olinda tenía todas las virtudes que fascinaban a mis nueve años de chica que presagiaba el modo de ser con el que se conformaría en su adultez.
Manos distinguidas con anillos, una boca de camionero y acento extranjero, que aún hoy se empeña en conservar. Hablaba francés y había viajado en avión tantas veces como nosotros en auto a Córdoba, por lo que mi amor y admiración por ella fueron prosperando casi hasta la noción de que era mejor que cualquier tía que tuviera.
Cuando dio a luz a su segundo hijo, llegó desde Brasil a Azul su hermana con dos niñas que traían trajes de baño nunca vistos, sandalias romanas y vestidos de Lacoste que me insuflaron ya sentimientos contradictorios entre la hospitalidad al extranjero y la envidia más indecorosa . He llegado a sentir infames celos cuando hablaban entre ellas y cuando se querían hacer entender por los demás, lo cual les daba un aire encantador al abrir los ojos pretendiendo explicar que querían saber dónde estaba el baño.
Una noche, hicieron en el campo de unos amigos una despedida para las visitantes, ya que había pasado un mes desde que habían llegado, quitándome todo protagonismo del que yo era, hasta allí, dueña y señora.
Los chicos tienen la frescura de pasar del odio más ignominioso al amor más desasosegado, traducido en la palabra más humillante que mi madre nos endilgaba cuando estábamos contentos: “ Enchusquecido”, por lo que yo pasaba, día a día, de la impaciencia al enchusquecimiento sin solución de continuidad.
Esa noche, Mónica y Marta, las brasileñitas que me corrían del centro, se pusieron a cantar y bailar bossa nova, al ritmo de las palmas de todos, que las asaetaban de modo innoble para disfrutar con sus monigotadas, mientras yo me deshacía de envidia en un rincón.
Nunca fui muy quedada en mis reacciones, pero tampoco fui indiscreta, por lo que apenas escuché una voz de ánimo: “¡ Dale, Claudia, vos también!”, me puse a bailar frenéticamente al compás de una mala versión de “ Qué maravilha”, en la que, recuerdo como si estuviera viéndome, hacíamos un movimiento estúpido de brazos nadando por arriba de la cabeza.
Sin embargo, creo que estaba pletórica del éxito que había cosechado en mi incursión al aprendizaje de los secretos de la Musa Terpsícore, por lo que, desde ahí, amé a mis amigas brasileñas y creo haber recibido una o dos cartas con sobres casi transparentes que rezaban la excitante leyenda: “Par Avion”.
El caso es que llegó el otoño, las clases, mi hermana menor y la muerte de mi abuelo, por lo que mi tercer grado no fue de aquellos inolvidables, sobre todo por la maestra, que era una horrible gorgona con la encía demasiado ancha para los dientes, y que siempre tenía algo para decir de mis comentarios o mis movimientos hacia atrás en el pupitre. Jamás me he sentido tan poco amada por otro ser en la tierra, con dignas excepciones, que no serán nombradas aquí.
Una tarde, casi a la salida, mientras ya guardados los útiles en el portafolios esperábamos el toque de timbre, la Señora de Serrao preguntó, con aquella voz estridente de maestra con bellos zapatos que toma pastillas para la garganta, si había algún alumno que fuera extranjero.
No sé, todavía hoy, por qué razón mi boca moduló y largó peligrosamente “Yo”.
Yo era mentirosa pero no era estúpida, por lo que recuerdo habérselo dicho en voz muy baja a Cecilia Aristu para ser admirada en silencio, pero ella insistió, de acuerdo a la gravedad del caso:
- Dale, decile a la señorita-
Me martillaban las sienes las palabras de Cecilia, sobre todo porque tenía conciencia de que la mentira iba a llegar a oídos de mis padres y todos iban a conocer mi secreto de chica embustera, pero era impensable para mí decir que era un chiste, o salir de un modo más airoso de la situación, por lo que, jugándome el todo por el todo, me levanté de mi pupitre de madera, y alcé la mano trémula.
- ¿ Vos? – dijo con el desprecio natural que se notaba que le producía mi menuda presencia de pizcueta - ¿ Y dónde naciste vos?-
Muy compuesta, digna hasta la muerte, convencida ahora de que mi papel debía ser sostenido hasta la caída del telón, aclaré:
- En Brasil-
Sólo esos minutos de gloria, en que todos mis compañeros me miraron con una pasión desconocida, justificaron la peor mentira que he dicho en toda mi agradable existencia.
La mirada de incredulidad de la Señora de Serrao, la consecuente consulta que tuvo con la maestra de segundo grado, amiga de mi madre, y las seguras risotadas con las que habrían festejado mi desvariada intervención, poco me hicieron mella en el corazón de actriz consumada, porque por un minuto, cuarenta y cinco chicos y una adulta, creyeron que había nacido cerca del Corcovado, y bajo la presidencia de Juscelino Kubitschek

19 de abril de 2010

LOS ENCANTOS DE BRAMOSO


¿Quién puede imaginar a Jorge Luis Borges, deseando con fruición tocar a una mujer que lo provoca sólo con su nuca vista desde atrás?
¿ Quién supone posible la mirada entornada del amante en los ojos de José de San Martín?
¿ Quién se atreve a bajar a Carlos Gardel del pedestal de la Chacarita, para situarlo en la vida real, persiguiendo una sombra que lo envicia y le impide el canto y la filmación de películas con Tito Lusiardo?
Yo hube de tener ésas y mayores decepciones en la vida el día en que mi padre me contó, bajo el tilo de la quinta patriarcal en el que nos sentábamos a tomar un jerez con almendras en los mediodías de los años ochenta, su primera declaración de amor.
Lo imagino con la misma cara de la foto de comunión, con la gomina acucarachándole el pelo negro y los ojos vivos de futuro agnóstico, salvo que al compás de "Nieblas del Riachuelo", y con un guardapolvo almidonado por las manos generosas de mi abuela y las órdenes de pertenencia al saber enciclopédico de mi abuelo.
Lo imagino mirando la nuca de la niña que en esos momentos en que él se sentaba atrás de ella, al modo sarmientino de las estampas antiguas, bajaba la cabeza virginalmente para pintar un mapa, mientras mi padre se deshacía de deseo y no encontraba el modo de hacérselo saber, lo cual parecía, para él, más que imperioso.
Y la ternura del ensueño se quiebra en una carcajada incrédula cuando revivo el ceño adusto y el alma en vilo de aquel niño que suponía que en el papel en el que le escribió : " Che, Bramoso, te invito a la salida a ver una perra con tetas gordas", iba a desmayarla de inflamado deseo, acompañada de cierta tirria hacia Delia Bramoso, quien, para cortar toda relación con el temerario Don Juan, le contestó, por la misma vía y sin siquiera cambiar el papel, como si se tratara de un ejercicio lúdico de escritura surrealista:
" Che, Ortiz, no seas asqueroso"

12 de abril de 2010

GESTOS MEDICINALES


Mi padre era un muchachito extraño.
Fue llamado a ser desde Presidente de la Nación para arriba, desde genio de las Ciencias Exactas hasta Premio Nobel de Literatura, desde campeón de la Oratoria hasta libertador de pueblos.
Era mi abuelo quien probablemente haya visto en el pequeño bulto blanco nacido en la Calle San José, el elegido que lo elevara a las encumbradas posiciones que él solo no había podido escalar hasta los veintiséis años.
Por lo tanto, delante de la familia numerosísima que cohabitaba en una casona porteña de principios del Siglo XX, le pedía que solucionara cálculos matemáticos vertiginosos, cuyos resultados el chiquito, a la sazón de cinco o seis años, pronunciaba con la voz extravagante de los sacerdotes apolíneos, una vez que emergía su cabecita de los brazos en los que se sumía, acaso para buscar en su cerebro los corolarios, o para clamar, de algún modo, la liberación de la exigencia de ser siempre perfecto.
Por ello, o tal vez por que en su genética confluían sangres de todos los rincones del Orbe, padecía de curiosos males.
A veces sentía que su cabeza era inundada de una corriente eléctrica a modo de los pies que se duermen cuando se ha estado sentado en el inodoro durante más tiempo del acostumbrado. A veces, que debía alejar de su ser algo que lo atrapaba y lo dejaba extático en razón de esa electricidad.
Nunca esos síntomas tuvieron una razón concreta, pero a él lo volvían inerme frente a su aparición, por lo que imaginaba defensas que, al menos, le calmaran la angustia de sentirse poseído por algo cuyo origen desconocía.
Una tarde, iba junto a mi abuela en el tren, frente a un soldado conscripto que regresaba seguramente a su casa después de la rutina del cuartel.
Mi abuela contó, muchos años después, que ella vio con espanto cómo el conscripto se quedaba directamente hipnotizado clavando los ojos impúdicamente en los gestos de orate que mi padre practicaba para alejar sus síntomas confusos.
El conscripto clase 1920 veía que el niño sentado enfrente a él, vestido con una camisa blanca y un pantalón corto color gris, movía a un lado y al otro la cabeza intermitentemente y cerraba los ojos con la fuerza de quien se obliga a dormir, gestos a los que agregaba una apertura descomunal de la boca con la lengua fláccida acompañando el movimiento compulsivo de la cabeza, todo lo cual a él lo convencía de que estaba alejando su parestesia craneal, además de una enojosa paspadura de labios, que junto a las boqueras y las llagas, avisa a los niños extraños nacidos en los años veinte que están llegando a la pubertad.

(Para ese chiquito nacido en los años veinte, mi papá)